Autor principal: Yanco Ortiz Finoqueto
Vol. XXI; nº 19; 214
REVISIÓN
Evaluación neuropsicológica del estrés parental: examen de los impactos e implicaciones a través de la neurociencia – Un enfoque teórico en profundidad
Neuropsychological assessment of parental stress: examination of impacts and implications through neuroscience – An in-depth theoretical approach
Yanco Ortiz Finoqueto, Carla Sofia Nascimento, Paulo Rodrigues, Luis Alberto Coelho Rebelo Maia
Incluido en Revista Electrónica de PortalesMedicos.com, Volumen XXI. Número 19 – Primera quincena de octubre de 2026 – Página inicial: Vol. XXI; nº 19; 214 – DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0214 – Cómo citar este artículo
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Resumen
Objetivo. Los conceptos que hoy se trabajan como características neuropsicológicas, como la depresión y el estrés, por ejemplo, se difunden ampliamente durante la construcción de este conocimiento que en esencia es psicológico. Las experiencias derivadas de las construcciones culturales y la formación en términos de personalidad pueden, de hecho, alterar múltiples funciones en el individuo que le ayudarán a enfrentarse al mundo, esto es a través de factores de mantenimiento familiar que se debilitan constantemente, especialmente en lo que respecta al estrés parental que profundizamos fuertemente en este artículo.
Método. Buscamos profundizar en el tema buscando en bases de datos creíbles, como artículos y capítulos de libros disponibles en dichas bases: PsycInfo, Scopus, Web of Science (ISI), Medline (PubMed), Medline (EBSCOhost), Annual Review of Neuroscience, Springer Protocols (formerly BioMedProtocols), Sage Research Methods e Google Scholar.
Resultados. Reflexionando sobre la dimensión del cuidado parental, las estrategias implicadas en el entorno educativo se reflejan en la forma en que la relación con los niños inferirá el pronóstico de la familia y la condición clínica. La investigación en neuropsicología en este sentido es de suma importancia, especialmente en el estudio parental adoptado en la educación y la construcción de dominios de necesidades básicas, importantes para el desarrollo de los niños a nivel de estrés. Estos estudios se centran principalmente en las áreas de educación parental y clínica. En este sentido, tenemos, por un lado, el reconocimiento de que todos los padres experimentan situaciones estresantes, entre las que pueden pasar o no por el cuidado parental, y también la frecuencia e intensidad que delimitan tales situaciones de activación y los recursos que ofrece el entorno para sobrellevarlo. Por otro lado, las consecuencias de este cuidado parental disfuncional provocan, en la mayoría de los casos, problemas de comportamiento y emocionales en los niños.
Conclusiones. Una evaluación familiar que pueda apoyarse desde una perspectiva donde los factores o fuentes de esfuerzo sean aditivos y multidimensionales, tanto en tipo como en origen, es de gran importancia. Para ello, las distintas etapas del desarrollo afectivo, intelectual y emocional tienen un potencial genético, que a lo largo de la vida se cruza con traumas y generadores de estrés, permaneciendo como elementos incapacitantes. Estos impactos generados por factores externos no solo afectan al niño, sino a todas las personas involucradas en la familia y el sistema escolar.
Palabras clave
estrés; cuidado parental; niño; consecuencia
Abstract
Objective. The concepts that are worked on today as neuropsychological characteristics, such as depression and stress for example, are widely disseminated during the construction of this knowledge that is in its essence psychological. The experiences from cultural constructions and formation in terms of personality can in fact alter multiple functions in the individual that will help him face the world, this is through family maintenance factors that are constantly weakened, especially regarding parental stress strongly deepened by us in this article.
Method. We sought to deepen the theme by searching in credible databases such as articles and book chapters available in the following databases: PsycInfo, Scopus, Web of Science (ISI), Medline (PubMed), Medline (EBSCOhost), Annual Review of Neuroscience, Springer Protocols (formerly BioMedProtocols), Sage Research Methods and Google Scholar.
Results. Reflecting on the dimension of parental care, the strategies involved in the educational environment are reflected in the way the relationship with the children will infer the prognosis of the family and clinical condition. Research in neuropsychology in this sense is of paramount importance, especially in the parental study adopted in education and construction of domains of basic needs, important in the development of children at a stress level. Such studies largely result in the areas of parental and clinical education. In this sense, we have, on the one hand, the recognition that all parents experience stressful situations, among which they can go through parental care or not, and also, the frequency and degree of intensity that delimit such situations of activation and the resources offered by the environment to cope. On the other hand, the consequences of this dysfunctional parental care cause, in most cases, behavioural and emotional problems for children.
Conclusions. A family assessment that can be supported from a perspective where factors or sources of stress are additive and multidimensional, both in terms of type and origin, is significantly important. To this end, the various stages of affective, intellectual and emotional development have a genetic potential, which throughout life are crossed by traumas and stress generators, remaining as disabling elements. These impacts generated by external factors do not only affect the child, but all people involved in the family and school system.
Keywords
stress; parental care; child; consequence
Resumo
Objectivo. Os conceitos que hoje em dia são trabalhados enquanto características neuropsicológicas, tais como depressão e stress por exemplo, tem ampla difusão durante a construção desses conhecimentos que são em sua essência psicológicos. As vivências a partir das construções culturais e formação em termos de personalidade podem de fato alterar múltiplas funções no individuo que o ajudarão a enfrentar o mundo, isso se dá através dos fatores de manutenção familiar que constantemente ficam fragilizados, principalmente no que toca ao stress parental fortemente aprofundado por nós neste artigo.
Método. Buscou-se apronfundar o tema buscando em bases de dados credíveis como artigos e capítulos de livros disponíveis nas bases: PsycInfo, Scopus, Web of Science (ISI), Medline (PubMed), Medline (EBSCOhost), Annual Review of Neuroscience, Springer Protocols (formerly BioMedProtocols), Sage Research Methods e Google Scholar.
Resultados. Fazendo reflexão a dimensão de cuidados parentais, as estratégias envolvidas no meio educacional refletem-se no modo como a relação com os filhos inferirá no prognóstico do quadro familiar e clínico. A investigação em neuropsicologia nesse sentido é de suma importância, principalmente no estudo parental adotado na educação e construção dos domínios de necessidades básicas, importantes no desenvolvimento com crianças a nível de stress. Tais estudos que resultam largamente nas áreas da educação parental e clínica. Nesse sentido temos por um lado, o reconhecimento de que todos os pais experimentam situações de stress, dentre as quais podem atravessar o cuidado parental ou não, e também, a freqüência e o grau de intensidade que delimitam tais situações de ativação e dos recursos oferecidos pelo meio para lidar. Analisando por outro lado, as conseqüências desses cuidados parentais disfuncionais acarretam, na maioria das vezes, para as crianças, problemas comportamentais e emocionais.
Conclusões. Uma avaliação familiar que pode ser apoiada numa perspectiva onde fatores ou fontes de stress são aditivos e multidimensionais, quer quanto ao tipo, quer quanto a sua origem, é significativamente importante. Para tanto as diversas fases do desenvolvimento afetivo, intelectual e emocional, tem como bagagem um potencial genético, e que ao longo da vida, são atravessados por traumas e geradores de stress mantendo-se como elementos incapacitantes. Esses impactos gerados por fatores externos, não atingem somente a criança, mas todas as pessoas envolvidas no sistema familiar e escolar.
Palavras-chave
stress; cuidado parental; criança; conseqüência
Introducción
El comportamiento es cualquier respuesta del organismo al entorno externo; para ello podemos conceptualizar el estrés parental como una reacción psicológica conductual que provoca sentimientos y emociones de naturaleza negativa en el niño o en sí mismo, frente a las exigencias del mundo antes de criar a un bebé (1).
Es un hecho que el estrés resultante de la actividad parental es diferente de otros tipos de estrés cotidianos o de la vida (cualitativamente), porque a lo largo de la investigación con estudios familiares se ha demostrado que el factor de estrés parental está estructurado como la mejor forma de predecir el bienestar, tanto para los padres como para el niño en términos de salud y neurodesarrollo (2).
En la literatura podemos encontrar corrientes de diferentes enfoques y aspectos en la investigación en el área del cuidado parental relacionado con el estrés: uno que se centrará más en el funcionamiento familiar del estrés cotidiano inherente a la crianza (3), y otra se centrará en la relación entre padres e hijos (4, 5). Sin embargo, a pesar de que esta convergencia de perspectivas difiere tanto en esencia como en idea, sigue habiendo consenso en que altos niveles de estrés pueden ser un desencadenante de un mal desarrollo debido a una crianza disfuncional. Porque también se reconoce que, en términos de estrés parental, la interpretación emocional que los padres hacen de las situaciones es tan importante como los propios acontecimientos o las características del niño.
Entre varias décadas de dualismo cartesiano, que separaba fenómenos emocionales de físicos, bien conocido en las disociaciones cuerpo frente al alma, la compleja relación entre neurobiología y psicoterapia ganó espacio científico (5). Otras concepciones psicológicas y filosóficas con una posición unilateral y que privilegian solo hallazgos empíricos y subjetivos ya no son satisfactorias para explicar la naturaleza de las emociones y los resultados biológicos de estos estados (4).
La neurociencia aspira a la evidencia científica sobre los aspectos orgánicos de los patrones emocionales y conductuales que estructuran la mente humana. Los avances recientes en técnicas de neuroimagen funcional impulsan estudios sobre los sustratos neuronales responsables de las emociones (6). De forma recíproca, las escuelas psicoterapéuticas comienzan a buscar una comprensión de los cambios en los mecanismos cerebrales generados por el tratamiento, es decir, investigan el impacto de la psicoterapia en el sistema nervioso central (7).
Neurobiología del desarrollo cruzada por el cuidado parental
Riesgo de patología
Según modelos cognitivos de la psicopatología (8, 9), las formas en que las personas asisten, interpretan y recuerdan información en su entorno pueden contribuir al desarrollo y mantenimiento de diversas formas de psicopatología. A favor de estas teorías hay una evidencia considerable del papel neuropsicológico del procesamiento de información específico de un trastorno en diferentes formas de psicopatología (10 11).
Basándose en la hipótesis de que las personas con depresión muestran una inclinación atencional hacia estudios relevantes en el campo de la formulación de estímulos depresivos (por ejemplo, caras tristes – 11), mientras que quienes padecen trastornos de ansiedad demuestran una inclinación tradicional hacia estímulos relevantes y dirigidos a amenazas (por ejemplo, rostros enfadados o temerosos – 10). Estudios recientes sugieren que estos cambios neuronales de atención no son simplemente correlacionados con la psicopatología, sino también predictores del cambio de síntomas a lo largo del tiempo (12, 13, 14). Para apoyar aún más el papel de las distracciones de atención, un número creciente de investigadores ha investigado el entrenamiento de atención basado en ordenador y gramos, y a partir de ahí han sugerido que tales programas podrían ser tratamientos eficaces para la ansiedad y la depresión (15).
A pesar de la evidencia sobre la importancia de las vías de procesamiento de la información en riesgo de psicopatología, se sabe cómo se desarrollan. Sin embargo, los teóricos han propuesto que estos sesgos se desarrollan durante la primera infancia y tienden a aumentar el riesgo de psicopatología a lo largo de la vida, es decir, estímulos específicos que se desarrollan durante la maduración cerebral pueden modificarse, no solo como formación de la personalidad, sino también biológicamente. Específicamente, los teóricos han sugerido que las experiencias infantiles pueden contribuir al desarrollo de vías específicas de experiencia en atención, interpretación y memoria para estímulos afectivamente relevantes (16, 17, 19). De particular relevancia para las teorías, propusieron que los niños que están constantemente expuestos a amenazas faciales, como juegos emocionales (despertar en el pico de la ira), desarrollan hipervigilancia, introduciendo estas señales de forma conductual para evitar la amenaza (16, 17, 19).
Esta tendencia tendenciosa hacia el cese de las señales de amenaza puede manifestarse en una mayor sensibilidad en la detección de señales faciales amenazantes o de atención, que a su vez son discriminantes tradicionales de estímulos relevantes para la amenaza.
Neuroimagen
Hasta la fecha, la mayor parte de la investigación que examina estas influencias en el procesamiento de la información y los factores discriminatorios de los niños se centra en el papel de la infancia, especialmente en aquellos que han experimentado situaciones traumáticas como el abuso físico (18). Esta investigación ha demostrado que los niños expuestos a abuso físico muestran mayor sensibilidad para detectar muestras faciales de ira (18) y sesgos de atención específicamente para estímulos relevantes para amenazas (por ejemplo, caras enfadadas), pero no para otros estímulos (17). Sin embargo, lo que sigue siendo incierto es si categorías similares se observarán en formas menos severas de conducta parental. Específicamente, en la medida en que las categorías neuronales se desarrollen, al menos en parte, basándose en la exposición a expresiones parentales de ira, otras formas de comportamiento, como la crítica emocional expresada (EE-Crit), también deben estar relacionadas con las áreas de procesamiento de información de los niños.
EE-Crit refleja el grado en que un padre es crítico u hostil hacia su hijo. Frecuentemente se evalúa utilizando la Muestra de Cinco Minutos de Discurso (FMSS – 20) en la que se invita a los padres a hablar sobre su hijo durante 5 minutos.
En este enfoque, los niveles de EE-Crit evaluados mediante FMSS se asocian con niveles observados de crítica y enojo parental hacia sus hijos durante las interacciones con ellos (21). Además, los niveles de EE-Crit evaluados con el FMSS se asocian con la presencia de psicopatología en jóvenes y riesgo prospectivo de desarrollo futuro de depresión (22, 23, 24). Sin embargo, hasta la fecha, ningún estudio ha examinado la relación entre EE-Crit y la sensibilidad infantil para detectar muestras faciales de emoción, y solo un estudio ha examinado la relación entre EE-Crit y los sesgos de atención infantiles (13).
En este estudio, los niños expuestos a niveles elevados de EE-Crit mostraron un sesgo atencional específicamente hacia la ira, pero no hacia rostros felices o tristes (13). A pesar de las fortalezas de este estudio, una limitación de este estudio, así como de la mayoría de estudios previos sobre sesgos de atención en niños, es que se basaba en índices de tiempo de reacción de sesgo de atención. Específicamente, la mayoría de estos estudios han utilizado una tarea de sonda de punto mediante electroencefalograma (25, 26), en la que dos rostros – uno neutral y otro emocional – se presentan en pantalla al mismo tiempo. Tras una breve presentación (normalmente de 500 a 1.000 ms), las caras desaparecen y la sonda aparece en lugar de una de ellas. La petición al participante para indicar la ubicación o tipo de sonda enviada. Se asume que los tiempos de reacción de la sonda serán más rápidos si el participante ya está en ese lado de la pantalla. Sin embargo, existe una creciente preocupación por las propiedades psicométricas de este tipo de índice de tiempo de reacción por sesgo atencional, y por encontrar valores de fiabilidad bajos o negativos para estos índices. Quizá debido a esta dependencia de los índices de tiempo de reacción atencional, aunque la investigación que utiliza estos índices ha tendido consistentemente a sugerir que el abuso físico y el EE-Crit están asociados con sesgos de atención específicamente para estímulos relevantes (13), los hallazgos han sido mixtos en relación con la dirección del sesgo. De hecho, algunos estudios demuestran evidencia estratificada de una mayor atención a cuestiones relevantes de estímulos (13, 17) y otros demuestran evidencia de menor atención a estímulos relevantes para amenazas (13) entre niños con antecedentes de abuso físico o EE-Crit.
Por lo tanto, más recientemente, los investigadores se han centrado en medidas neuronales más directas de la asignación de la atención, incluyendo los potenciales relacionados con eventos (ERPs). En particular, un componente ERP, el potencial positivo tardío (LPP), que es una medida de la atención sostenida a estímulos visuales de saliencia (28). Varios estudios han demostrado que las personas presentan LPPs más altas para estímulos emocionalmente salientes que para estímulos neutrales (27, 28).
Además, aunque investigaciones previas han respaldado la relación entre la reactividad LPP a estímulos emocionales y la psicopatología, incluyendo síntomas y diagnósticos de depresión y ansiedad (28, 29), ningún estudio del que tengamos conocimiento haya examinado la relación entre las cantidades EE-Crit y LPP para estímulos tradicionales.
El objetivo es evaluar la relación entre la exposición a la crítica parental (EE-Crit) y las discrepancias en el procesamiento de las muestras faciales de emoción por parte de los niños. En concreto, examinamos la sensibilidad de los niños para detectar muestras faciales de emociones, así como su idea de enfocar la atención en diferentes rostros que expresan distintas emociones. Los niños con padres críticos tendrían una mayor sensibilidad para detectar estímulos relevantes para la amenaza (es decir, identificar correctamente expresiones faciales relevantes para la amenaza a menor intensidad).
Además, los hijos de padres críticos mostraban sesgos de atención en las sesiones de expresión relevantes. Los resultados serían más fuertes para estímulos relevantes para amenazas que para otras expresiones (caras tristes o felicidad). Sin embargo, basándonos en los hallazgos dispares de investigaciones previas (13, 17), no hicieron predicciones específicas sobre si este sesgo atencional se manifestaría en mayor o menor atención, especialmente dado el abanico de metodologías utilizadas en la investigación. Por último, examinamos si estas relaciones serían al menos parcialmente independientes de los síntomas depresivos actuales de los niños y de la ansiedad.
Con este fin, las bases del desarrollo neurológico, afectivo y social se verían afectadas por dimensiones culturales y psicológicas tanto a nivel orgánico como en términos del funcionamiento conductual. Los determinantes del reconocimiento facial también pueden verse fuertemente afectados por el nivel de crítica parental, en términos de inteligencia emocional, posiblemente afectada (13).
Hasta la fecha, las patologías más estudiadas, diagnosticadas y tratadas, tanto por neurocientíficos como por psicoterapeutas, son los trastornos del estado de ánimo, especialmente la depresión mayor y los trastornos de ansiedad. Estas patologías cuentan con la mayor base de evidencia científica en relación con la respuesta al tratamiento con drogas y psicológico (26).
Formación de la personalidad
A pesar de ser relativamente nuevas, las terapias cognitivas ya cuentan con una línea psicoterapéutica exitosa, especialmente para trastornos del estado de ánimo, ansiedad y dependencia química. Este tipo de enfoque presenta evaluación, diagnóstico y plan terapéutico estructurados en modelos cognitivos, respaldados por hallazgos neurobiológicos. Recientemente, estudios de neuroimagen han demostrado la mejora de los síntomas en pacientes sometidos a tratamiento cognitivo-conductual al verificar alteraciones en las vías neuronales (30).
Sin embargo, los trastornos de la personalidad siguen siendo un reto para la ciencia. El progreso en la delimitación de las bases biológicas es lento, y la farmacoterapia obtiene una respuesta terapéutica no permanente; Los tratamientos psicoterapéuticos son muy largos e insatisfactorios. Por ello, existe un interés creciente en formas de abordar formas de aliviar eficazmente estos trastornos.
Se ha demostrado que la terapia cognitiva tradicional se limita al tratamiento de pacientes difíciles y refractarios, con trastornos de la personalidad u otros más graves (31). A partir de esta falta de resultados, Jeffrey Young y sus colegas crearon la terapia de esquemas (ET), un enfoque considerado un avance en el modelo cognitivo de Aaron Beck y que pone mayor énfasis en «[…] a la investigación de los orígenes de niños y adolescentes de problemas psicológicos, a técnicas emocionales, a la relación terapeuta-paciente y a los estilos de afrontamiento desadaptativos» (32, p. 21).
En tiempos de medicina basada en la evidencia, el éxito y la aceptación científica de una línea psicoterapéutica dependen de una base neurobiológica (32). Por lo tanto, el conocimiento de los neurocircuitos implicados en el procesamiento emocional asociado al desarrollo de esquemas iniciales desadaptativos (EIDs) es esencial para la construcción de intervenciones que presenten éxito terapéutico, desde el punto de vista biológico. Además, una comprensión perfecta de los efectos desadaptativos generados por la hiperreactividad emocional en la infancia también depende de la identificación de factores estresantes de este periodo, como el estrés temprano (32).
Es importante revisar los principales hallazgos sobre la neurobiología de los esquemas mentales y el estrés temprano. Además, también se abordará la relevancia biológica en el proceso psicoterapéutico. Según Young (32), los EIDs son estructuras estables y duraderas de la personalidad del sujeto, que se desarrollan temprano y están asociadas a diversas psicopatologías. Estas creencias o cogniciones se forman en la infancia o adolescencia y desencadenan reacciones emocionales y corporales, relacionadas con elementos biológicos (33). Muchos esquemas surgen en la etapa preverbal del niño, cuando solo se almacenan recuerdos emocionales y sensaciones corporales.
Más adelante, cuando el niño comienza a hablar, surgen cogniciones y el desarrollo del pensamiento (32). Aunque ya está claro que existe la implicación de los sistemas autónomo, endocrino y motor durante la activación emocional, la evidencia sobre la neurobiología de los EIDs aún es incipiente. Basándose en el avance de la neurociencia, estudios recientes hacen suposiciones sobre los posibles mecanismos de desarrollo y formación de estos patrones emocionales y cognitivos desadaptativos (34).
Investigaciones pioneras sobre la naturaleza y el origen de las emociones fueron realizadas por el neurocientífico LeDoux (34), publicado en su libro El cerebro emocional. Basándose en los hallazgos de LeDoux, (34, 35) señalose la existencia de un sistema emocional no consciente, proponiendo hipótesis sobre los mecanismos neuronales relacionados con la biología de los EIDs.
Según LeDoux (34), la emoción y la cognición se entienden como funciones mentales distintas, mediadas por sistemas cerebrales interactivos. Actualmente, se ha hablado de «sistemas de emociones» para enfrentar la antigua idea de un sistema emocional único. Estos mecanismos parecen tener sus propias redes cerebrales, que interactúan entre sí de manera compleja y no jerárquica (36).
Las emociones forman parte de este intrincado circuito neuropsicológico que permitió a nuestros antepasados sobrevivir y procrear (32). Las diversas situaciones ambientales, como la búsqueda de alimento, el afrontamiento del peligro o la formación de una familia, requerían estructuras especializadas para desarrollar sensaciones distintas, como miedo, placer, ira y alegría.
En otras palabras, estos diferentes estados emocionales existen por razones específicas (37), es decir, el individuo tiene la capacidad de atribuir diferentes valencias a los eventos del entorno (38). Según Siegel (39), las emociones son estados sentimentales llenos de significados generados por la verificación del entorno. Siegel (39) señala la pregunta «¿esto es bueno o malo?» como el principal foco de la evaluación del sistema emocional, lo que hace que el individuo se acerque a lo «bueno» y se aleje de lo «malo«, desarrollando así mecanismos adaptativos que ayudan al cuerpo a afrontar diferentes situaciones ambientales.
Bases neurobiológicas
Basándose en estudios sobre recuerdos traumáticos de la infancia, Young (32) revisa además los hallazgos de LeDoux (34) sobre la red cerebral asociada al condicionamiento por miedo y al trauma. A partir de ahí, puede centrarse más en los procesos neurobiológicos de los esquemas. Existen dos sistemas relacionados con el procesamiento de información de aprendizaje y miedo, que operan en paralelo: el sistema consciente, mediado por el hipocampo y las áreas cortical, y el sistema inconsciente, mediado por la amígdala (32). Estos dos sistemas almacenan diferentes tipos de información relacionada con las experiencias humanas. Cuando el individuo entra en contacto con estímulos presentes en el trauma original, cada sistema es capaz de recuperar sus recuerdos, tanto cognitivos como emocionales, a través de los recuerdos y los cambios corporales asociados al evento. Para el grupo de Young (32), la diferencia en los sitios de almacenamiento de recuerdos conscientes e inconscientes explica por qué los EIDs no pueden modificarse mediante métodos cognitivos simples.
La amígdala forma parte del sistema límbico y es principalmente responsable de la formación y almacenamiento de la memoria emocional (39, 40). Este complejo amigdaloide, o sistema amigdaliano (grupo de núcleos subcorticales situados en el lóbulo temporal) (41), actúa en la interacción entre los diversos procesos mentales, como la mediación de emociones, la evaluación del resultado y el procesamiento de la experiencia social (39). La amígdala también participa en el reconocimiento de expresiones faciales de miedo y en el procesamiento de estímulos, emitiendo respuestas adecuadas a situaciones de amenaza o peligro (42, 43, 44). Se sabe que las lesiones en esta estructura pueden dificultar la capacidad de reconocer el miedo y modular las emociones. En cambio, la estimulación de la amígdala puede aumentar la alerta, generando miedo y ansiedad (45).
Según LeDoux (35), el cerebro emocional tiene proyecciones neuronales en todas las demás regiones cerebrales, influyendo en cada fase del procesamiento cognitivo, desde el reconocimiento de la sensación de miedo hasta la toma de decisiones. Por otro lado, no todos los procesos cognitivos presentan proyecciones a los centros emocionales. Basándose en estos hallazgos, LeDoux (34) concluyó que las emociones influyen en la interpretación consciente de la percepción ambiental.
Sin embargo, la amígdala puede sesgar el aparato perceptivo, generando malinterpretaciones sobre los estímulos ambientales. Así, cualquier situación que se asemeje a la original puede activar el sistema emocional (39). Dattilio (46, p. 310) cita el siguiente ejemplo: […] “un cónyuge que ha sido criado en un entorno familiar con un padre abusivo se convierte en objetivo de abuso físico o psicológico por parte de la pareja. Puede volverse naturalmente altamente sensibilizado, fisiológicamente, a través de la amígdala. En consecuencia, cualquier conflicto que ocurra en situaciones familiares y que se asemeje al abuso previo sufrido en la infancia sería automáticamente activado por la amígdala”.
Así, se produce la recuperación de recuerdos conscientes e inconscientes, con la aparición de recuerdos relacionados con el episodio y los desencadenantes fisiológicos inducidos por la amígdala (39, 46). La detección, generación y mantenimiento de las emociones ocurre de forma inconsciente, es decir, sin la presencia de cogniciones. La respuesta emocional al miedo es más rápida que la aparición de cogniciones relacionadas con la amenaza. La señal de peligro llega a la amígdala antes de que llegue a la corteza. Cuando este último reconoce la señal, el otro ya está respondiendo a la amenaza. Todo este procesamiento emocional ocurre muy rápido, en milisegundos, sin la participación de sistemas superiores de procesamiento en el cerebro (los relacionados con el razonamiento, el pensamiento y la conciencia) (34).
Los recuerdos inconscientes relacionados con el miedo parecen ser permanentes, siendo registrados en la amígdala a lo largo de toda la vida. Esta información es latente la mayor parte del tiempo y puede activarse en cualquier momento. Las áreas límbicas evocan recuerdos emocionales, pero no pueden inhibirlos (32). En situaciones de estrés, se pueden recuperar miedos y otras emociones que parecen estar extintas. A su vez, los recuerdos conscientes relacionados con el trauma se almacenan en la corteza, en el sistema hipocampal.
El estrés en sí mismo se desarrolla por factores mutuos de cuidado entre cuidadores y niño
La activación del estrés por el medio ambiente
El sistema límbico tiene una función neuroendocrina reguladora a través del circuito hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), que varía según los estímulos internos y externos, con el objetivo de mantener la homeostasis (47). El hipotálamo participa en la regulación hormonal de varios órganos, como las glándulas tiroides y suprarrenales, así como los órganos sexuales. La literatura científica describe dos sistemas de respuesta orgánica al estrés: el neurovegetativo, que libera adrenalina a través de la médula de la glándula suprarrenal, y el neuroendocrino, que se caracteriza por la liberación de glucocorticoides producidos por la corteza suprarrenal. Cuando surge la reacción al estrés, la glándula suprarrenal, para mantener la homeostasis, secreta una mayor cantidad de cortisol, lo que pone al cuerpo en estado de alerta ante el peligro. Sin embargo, si el estrés es prolongado o permanente, esta hormona comienza a tener un efecto tóxico en el cuerpo (47). Por lo tanto, la identificación temprana de factores de estrés es esencial para la prevención y el tratamiento de las consecuencias de este estado orgánico-psicológico.
Los primeros informes sobre el significado biológico del término «estrés» fueron realizados por el médico húngaro Hans Selye en 1936 (48). Según Selye (48), la expresión fue «tomada prestada» de la física (desgaste al que se exponen los materiales) para explicar las reacciones del organismo ante eventos externos que requieren la transformación del individuo. El autor argumentaba que el estrés produce cambios en la estructura y composición química del cuerpo, siendo un elemento común a todas las enfermedades. Este estado emocional se manifiesta a través del «síndrome de adaptación general«, que comprende: fase de alarma: manifestaciones agudas en la identificación del agente agresor; fase de resistencia: cuando las manifestaciones agudas desaparecen y el cuerpo combate con éxito al agente agresor; fase de agotamiento: cuando se repiten las manifestaciones de la primera fase, el cuerpo ya no puede responder al agresor y puede colapsar.
Investigaciones recientes indican que las emociones que experimenta el ser humano están relacionadas con estructuras neuronales con características anatómicas y funcionales peculiares (48, 49). Además, el desarrollo de los circuitos neuronales depende de la estimulación ambiental, es decir, de las experiencias vividas por el individuo. Las experiencias tempranas de la vida, combinadas con factores genéticos, ejercen una influencia importante en los patrones de comportamiento presentados en la vida adulta. En la infancia y la adolescencia, se producen cambios en la actividad de varias regiones del cerebro como parte del proceso de maduración. Por tanto, los eventos estresantes experimentados desde temprano son factores de gran influencia para el desarrollo cerebral (49).
El mecanismo del estrés se caracteriza por la activación del sistema nervioso autónomo y del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), que produce una cascada de eventos neurobiológicos y neuroquímicos, como la liberación de adrenalina y cortisol. Cuando son crónicos, estos eventos pueden causar cambios duraderos en la estructura y/o funcionamiento del cerebro, lo que constituye un factor de riesgo para el desarrollo de dificultades cognitivas (49).
Regiones cerebrales como el hipocampo, la amígdala y la corteza prefrontal muestran cambios morfológicos y químicos en respuesta al estrés, que son reversibles si el estrés dura semanas. Sin embargo, la reversibilidad de estos efectos no puede garantizarse si el estrés se prolonga durante períodos más largos.
Evaluación en diferentes contextos sociales
A pesar de que las investigaciones señalan el impacto negativo de las situaciones estresantes en el desarrollo, millones de niños están expuestos a situaciones de explotación, violencia y abuso, así como a la falta de vivienda y cuidados adecuados en el mundo. En los países en desarrollo, se estima que más de 200 millones de niños menores de 5 años no desarrollan su verdadero potencial de crecimiento debido a la pobreza, las dificultades de salud y la falta de estimulación adecuada. Incluso en países donde existen mejores condiciones socioeconómicas, las oportunidades para el desarrollo infantil son desproporcionadas debido a la desigualdad social, las tasas de abuso y negligencia son significativas (48).
Dada la gravedad del tema y la necesidad de comprender mejor las consecuencias del estrés para el desarrollo infantil, este estudio tuvo como objetivo identificar y analizar las publicaciones realizadas en los últimos 20 años sobre los aspectos neuropsicológicos y de neuroimagen asociados a la aparición de diversas formas de estrés emocional temprano (EEP). Entre ellos se encuentran el abandono, la violencia doméstica, el abuso físico y sexual, así como la negligencia durante la infancia y adolescencia.
Con la evolución científica, este concepto ha sufrido algunas modificaciones (49). Los estudios muestran que cada agresor presenta sus alteraciones neuroquímicas y neuroendocrinas específicas (50). Se considera que existe un conjunto de respuestas del cuerpo al factor estresante. De manera similar, evidencias recientes sugieren que los efectos neurobiológicos del estrés varían en las distintas etapas de maduración cerebral (51). Además, el estrés puede deberse a una mala interpretación de la situación ambiental, desencadenando una respuesta hormonal y/o conductual inapropiada (47, 52). Muchos neurotransmisores participan en respuestas centrales al estrés, como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina (53). Los estudios con primates que evaluan los cambios neurobiológicos generados por la separación materna han mostrado cambios en la síntesis de catecolaminas en las glándulas suprarrenales (54, 55) y la secreción de serotonina en el hipotálamo (54).
Las primeras experiencias de los individuos son cruciales en el crecimiento y funcionamiento del tejido cerebral (56). Los desarrollos cognitivos y emocionales son sensibles a los efectos de la experiencia ambiental. Los estudios de neuroimagen, utilizando resonancia magnética funcional, sugieren que la exposición a traumatismos graves en la infancia puede provocar cambios en la estructura cerebral (57, 58).
La capacidad de un organismo para defenderse contra el estrés está directamente relacionada con la magnitud y duración del factor estresante, además de depender de la interacción entre factores genéticos, sociales y ambientales. El estrés frecuente o continuo en la edad temprana se ha asociado con un mayor riesgo de desarrollar enfermedades psiquiátricas y disfunción conductual en la edad adulta (59, 60). Recientemente, se ha observado que una mayor gravedad del estrés temprano experimentado en la infancia o adolescencia está directamente relacionada con una mayor gravedad de los síntomas psiquiátricos futuros. Por lo tanto, el estrés temprano se considera un factor importante que desencadena y mantiene los síntomas psiquiátricos en adultos (6).
Las principales causas del estrés temprano, según Bernstein y otros (61), son el maltrato infantil, que puede dividirse en: abuso físico: agresión física con riesgo de lesiones corporales graves y muerte, generalmente cometidas por personas mayores, padres o tutores del niño; abuso emocional: agresión verbal que humilla, avergüenza y afecta al bienestar del bebé; abuso sexual: cualquier tipo de contacto o comportamiento sexual entre una persona mayor y el niño; estudios recientes muestran que los niños expuestos a abusos sexuales graves tienen un mayor riesgo de desarrollar psicopatologías (62); negligencia emocional: omisión respecto a las necesidades emocionales del bebé; la falta de apoyo emocional y afectuoso; negligencia física: falta de proporcionamiento de necesidades básicas como vivienda, alimentación, seguridad y salud.
En resumen, el maltrato en la infancia causa varias consecuencias psiquiátricas. Existe un mayor riesgo de conductas interiorizadoras (depresión y ansiedad) y externalizantes (agresión e impulsividad) (62, 63). Desde el punto de vista neurobiológico, el trauma infantil puede generar cambios fisiológicos y psicológicos significativos en el individuo (64), dando lugar a «cicatrices biológicas» (59). Así, el estrés temprano puede alterar las respuestas conductuales y neuroendocrinas del individuo ante situaciones peligrosas, haciéndolo vulnerable al desarrollo de síntomas como miedo, insomnio, cambios en el apetito y aislamiento social. En consecuencia, existe un mayor riesgo de desarrollar y mantener EIDs.
Consecuencias
La dirección de los estudios se ha atribuido progresivamente a problemas a nivel de comportamiento inhibitorio y atención prolongada, aunque aún existe controversia sobre el reconocimiento de déficits centrales en el TDAH (65, 66).
El modelo neuropsicológico de Barkley (65) propone una estructura que tiene como elementos básicos la capacidad de autorregulación y la inhibición conductual, así como las áreas de procesamiento y función ejecutiva, centradas en resolver problemas ante nuevas situaciones, y permite explicar los subtipos mixtos y predominantemente hiperactivos/impulsivos del TDAH. Este autor defiende la existencia de un déficit en el nivel de inhibición de la acción que resulta en una acción inadecuada de las funciones ejecutivas, considerando también que este déficit es de origen genético o neurológico, aunque su expresión sintomática puede estar influida por factores sociales (65, 66).
La capacidad de prolongar o cesar una respuesta a una tarea conductual o cognitiva puede dominarse como inhibición conductual, y es la primera en aparecer en el camino del desarrollo humano, consistiendo así en esta competencia, en el sentido de permitir el desempeño de funciones ejecutivas (65, 66). Por otro lado, las funciones ejecutivas – memoria de trabajo no verbal y verbal, autorregulación de las emociones/motivación y reconstitución – corresponden, según Barkley (65, 66), a las operaciones mentales responsables de modificar una respuesta a un evento dado para optimizar las consecuencias a largo plazo relacionadas con ese mismo evento. Finalmente, la autorregulación se define como la capacidad de planificar, monitorizar y controlar el comportamiento para alcanzar los objetivos que propone la persona.
En este sentido, las funciones ejecutivas desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de los elementos básicos subyacentes al proceso de autorregulación: los eventos externos se transforman en representaciones mentales; El comportamiento, inicialmente controlado por el entorno externo, es progresivamente controlado por el propio individuo; el refuerzo inmediato se subyuga a la capacidad de posponer la satisfacción del deseo; y la concepción del presente da paso a la proyección hacia el futuro (65).
Podemos analizar la memoria de trabajo (no verbal), examinando la función de mantener y procesar información en la memoria, lo que nos permite planificar el comportamiento y establecer la secuencia de eventos dirigidos a un objetivo a largo plazo para guiar la ejecución de la respuesta a un evento dado (66). De este modo, la autorregulación en relación con el tiempo surge como consecuencia de la acción conjunta de la inhibición de la acción y la memoria de trabajo no verbal. El modelo predice que los déficits en la inhibición conductual observados en niños con TDAH provocan fallos en la memoria de trabajo no verbal, de modo que surgen formas particulares de olvido (olvidar hacer cosas en un momento crítico) y dificultades para organizar y ejecutar acciones en el tiempo y anticipar eventos futuros (66).
A su vez, la memoria de trabajo verbal contribuye a la internalización gradual del habla. De hecho, el lenguaje se utiliza inicialmente para comunicarse con otros y se vuelve progresivamente más silencioso, privado y autodirigido, sirviendo como medio de reflexión para controlar el propio comportamiento (65). En niños con TDAH, se asume que hay un retraso en el proceso de «privatización del habla«, lo que resulta en menos reflexión verbal antes de actuar, mayor dificultad para organizar el habla interna y controlar el comportamiento a través de él, así como para respetar las normas e instrucciones dadas por otros, y una mayor tendencia a verbalizar en exceso (65).
La inhibición de la respuesta inicial a un evento tiene como consecuencia inhibir la respuesta emocional que lo habría despertado: la autorregulación de las emociones. Esta habilidad permite al niño reorganizar y modificar el comportamiento para que sea apropiado para la situación en la que se encuentra (66). Cabe añadir que la autorregulación de la motivación permite comenzar y persistir en una tarea o actividad incluso si el refuerzo no es inmediato (66). Según este modelo, los niños con TDAH son menos objetivos a la hora de seleccionar la respuesta a un evento dado y tienen más dificultad para tener en cuenta el punto de vista del otro y para automotivarse y alcanzar sus objetivos. Además, sus reacciones ante los acontecimientos son excesivamente permeables a sus emociones (65, 66).
Finalmente, la reconstitución corresponde a la capacidad del individuo para desmontar y recombinar secuencias de comportamiento, teniendo en cuenta las contingencias y obstáculos ambientales que enfrenta al buscar alcanzar un objetivo (66). Esta función subyace a la diversidad y la creatividad en términos de comportamiento y producción verbal, así como en habilidades para resolver problemas (65). Los niños con TDAH recurren con menos frecuencia a procesos de análisis y síntesis de información, lo que dificulta la elaboración de planes de acción diversificados para seleccionar el que se espera tenga mayor probabilidad de éxito (65). El déficit en estos procesos es evidente en el nivel de fluidez verbal, especialmente cuando el individuo se enfrenta a una tarea en la que debe combinar rápida y eficazmente palabras en oraciones y, en consecuencia, mensajes con significado (65).
El estudio de las emociones y el mecanismo de funcionamiento de los esquemas mentales se ha vuelto cada vez más relevante. El avance en los exámenes de neuroimagen plantea un nuevo desafío para la ciencia: descubrir el significado emocional y conductual de las alteraciones anatómicas y funcionales que se están mapeando. Volviendo a LeDoux (34), el tratamiento psicoterapéutico es otra forma de crear potenciación sináptica en los mecanismos cerebrales que controlan la amígdala. Como se ha visto antes, la memoria emocional no se borra, por lo que los EIDs no pueden curarse. Así, el tratamiento pretende aumentar el control consciente sobre los esquemas, es decir, ayudar a la corteza a reducir la expresión de la amígdala (32).
Herramientas de evaluación
Adultos y niños
El estrés excesivo produce consecuencias psicológicas y emocionales que resultan en fatiga mental, dificultad para concentrarse y pérdida inmediata de memoria, así como ansiedad y crisis de estado de ánimo. Desde un punto de vista físico, pueden surgir enfermedades posibles debido a un sistema inmunitario débil. Estas respuestas psicofisiológicas del organismo se producen ya que existe una conexión entre los sistemas neurológico, inmunológico y endocrino para llevar a cabo las funciones reguladoras del organismo y controlar la cara de los estímulos internos y externos (67, 68).
Hasta el siglo XVII, el término estrés se utilizaba esporádicamente en la literatura inglesa con el significado de aflicción y adversidad. En el siglo XVIII fue utilizada por el fisiólogo francés Claude Bernard y más tarde por Walter Cannon, refiriéndose a las reacciones que producían una ruptura en los mecanismos de la homeostasis orgánica (69). Selye (48) definió el estrés como una respuesta orgánica inespecífica a situaciones estresantes para el cuerpo, y al revisar sus conceptos, describió la respuesta orgánica a estas situaciones estresantes como el “Síndrome de Adaptación General”, que consta de tres fases: alerta, resistencia y agotamiento.
La fase de alerta se considera la fase positiva del estrés, el ser humano se energiza mediante la producción de adrenalina, se preserva la supervivencia y a menudo se logra una sensación de plenitud. En la segunda fase, llamada resistencia, la persona intenta automáticamente gestionar los factores de estrés para mantener su homeostasis interna. Si los factores estresantes persisten en frecuencia o intensidad, se produce una ruptura en la resistencia de la persona y pasa a la fase de agotamiento. En esta etapa, pueden presentarse enfermedades graves en los órganos más vulnerables, como infarto, úlceras, psoriasis, depresión y otras (68).
En resumen, es necesario desarrollar un trabajo para encontrar una forma de reducir la activación límbica, debilitando recuerdos, emociones, sensaciones corporales, cogniciones y comportamientos relacionados con los EIDs. Así, el proceso psicoterapéutico busca restablecer el equilibrio emocional, reduciendo las consecuencias del estrés crónico.
Inventario de Síntomas de Estrés en Adultos (ISSL)
Por ello, también se puede aplicar pruebas específicas tanto en cuanto al estrés personal como al estrés parental. El Inventario de Síntomas de Estrés en Adultos (ISSL), estandarizado (68), se basó en un modelo trifásico. En el periodo de estandarización del inventario, se identificó una cuarta fase, llamada casi agotamiento, porque se encuentra entre la fase de resistencia y la fase de agotamiento. En esta etapa, las defensas del cuerpo comienzan a ceder y ya no puede resistir las tensiones ni restablecer la homeostasis. Se caracteriza por un debilitamiento de la persona que ya no puede adaptarse ni resistir el factor de estrés y, por tanto, comienzan a aparecer enfermedades, aunque no tan graves como en la fase de agotamiento (68). Para dejar claro el proceso de desarrollo del estrés, es necesario considerar que el panorama sintomatológico varía según la fase en la que se encuentre. Estos datos se observaron en la muestra de estandarización ISSL con 1853 personas, 64% mujeres y 36% hombres, en el grupo de edad de 15 a 75 años. Se encontró que el 44% de los individuos no presentaba signos de estrés, el 53% estaba entre la fase de resistencia y el 1% en la fase de agotamiento. El grupo de edad para las mujeres que mantuvieron niveles de estrés en la fase de resistencia fue de 15 a 24 años. Mientras que en los hombres, la fase de resistencia se mantuvo entre los 25 y 34 años (70, 71).
Índice de Estrés Parental (PSI)
El factor más importante relacionado con lo que podemos considerar como estrés parental en sí mismo es que identificamos el PSI (Índice de Estrés Parental – 70, 71). Para identificar los factores de estrés más comúnmente asociados con la disfunción en la acción parental, se realizó una revisión bibliográfica sobre las variables asociadas al comportamiento parental disfuncional (70, 71). A partir de la revisión bibliográfica y las experiencias clínicas, se elaboró una lista de dimensiones y se construyeron ítems para evaluar cada una de ellas. Después se realizaron estudios piloto para evaluar la redacción y la comprensibilidad de los elementos. La PSI y su desarrollo se orientaron en el ámbito de las relaciones padre-hijo y el desarrollo infantil, entre otros, también basándose en la perspectiva de que el estrés parental es multideterminado (70, 71), considerando que el estrés total que experimenta la figura parental es función de la contribución de las características del niño, las características de los padres y variables situacionales directamente relacionadas con el rol parental.
En este modelo, las características del niño que influyen en el estrés parental están relacionadas bien con el temperamento (subescalas Distracción/Hiperactividad, Estado de ánimo, Flexibilidad de Adaptación y Demanda), o con variables interactivas que afectan a las expectativas de los padres hacia el niño (Aceptación subescala) y la sensación de sentirse reforzado por ella (Subescala Refuerzo a los Padres) (70, 71).
A nivel de las características de la madre o del padre que influyen en el estrés parental, el modelo identifica, por un lado, un componente relacionado con la personalidad y la patología, que integra las subescalas Depresión, Sentido de Competencia y Apego. Las dos primeras variables están relacionadas y se asume que tienen un impacto en el apego parental. Por otro lado, el modelo también comprende un conjunto de variables situacionales, consideradas como una contribución importante al nivel de estrés que experimentan los padres, que corresponden a las subescalas Relación con el Marido/Mujer, Aislamiento Social, Restricción de Roles y Salud (70, 71).
Conclusión
La influencia preponderante de los padres y de la familia en general sobre la evolución psicológica sana o patológica del niño es muy significativa para el desarrollo neuronal, porque al mismo tiempo que reconocemos que cada individuo tiene una «arquitectura psíquica» única, generada por la interacción entre el temperamento filogenéticamente heredado, el nivel de necesidades emocionales básicas y las interacciones ambientales, se centró en la repercusión del cuidado materno y paterno en los primeros años de vida.
En cuanto a la percepción de las madres sobre áreas específicas, se encontró que es mayormente positiva en relación con la forma en que la madre ha afrontado el problema, y en relación con el desarrollo del niño, el rendimiento escolar y la relación con los compañeros, aunque hay un porcentaje importante que considera que el manejo del comportamiento infantil plantea algunas dificultades. Además, es relevante que casi una cuarta parte de las madres entienda que el rendimiento académico del niño es pobre, aunque, como se mencionó antes, la mayoría tiene una opinión favorable sobre ello.
Así, los cuidadores de una persona asumen un papel esencial en su capacidad para desarrollar altos niveles de resiliencia para afrontar las exigencias de la vida. Los padres y cuidadores que proporcionan buenas (o al menos satisfactorias) dosis de apego, afecto, seguridad, confort emocional y la capacidad de calmar las ansiedades e impulsividad del niño representan una diferencia significativa en su estabilidad emocional, y mantendrán esta «base segura» durante toda su vida.
Se basa empíricamente en las necesidades emocionales básicas de los seres humanos, ya que el estrés puede influir fuertemente en el cuidado, lo que demuestra una fuerte correlación con algunos modelos de otros animales (mamíferos) y utiliza tanto la base de la etología como las observaciones sistemáticas de la práctica clínica. Demuestra que, durante la infancia y la adolescencia, los seres humanos tienen seis necesidades centrales organizadas en parejas: conexión-autonomía, estabilidad-cambio y deseabilidad-autoaceptación. Y, por tanto, evidencia sólida sobre criterios como el aumento o disminución del bienestar, la universalidad y la adaptación-evolución de la especie.
En cuanto a las asociaciones discernidas entre las prácticas parentales y esos tres tipos de variables (problema, hijo, madre), se destaca que las madres más controladoras (Intento de Control) son aquellas que pertenecen a una clase social inferior y cuyos hijos no toman medicación; quienes recurren a prácticas educativas más hostiles y agresivas (Rechazo) perciben el comportamiento del niño como más difícil; y las madres que expresan menos su apoyo afectivo (Apoyo Emocional) son aquellas cuyos hijos han fallado más veces.
Por lo tanto, existe una relación entre el estrés parental y las prácticas parentales, de tal manera que niveles más altos de estrés parental se asocian con prácticas más negativas (rechazo). También que niveles más bajos de estrés parental están asociados con prácticas de apoyo emocional (Apoyo Emocional). Reducir el estrés parental, además de disminuir la probabilidad de que las madres de niños con ciertas condiciones recurran a prácticas parentales más negativas, puede favorecer el uso de prácticas parentales positivas, con un posible efecto protector.
La importancia de la relación entre el suministro de las necesidades emocionales básicas de cada ser humano y el papel de los padres (especialmente las madres en la primera infancia de sus hijos) y la cultura. Cuanto mayor sea el cuidado amoroso de los padres y el enriquecimiento del entorno para el niño, mejor será la conexión y las habilidades de autocuidado de la persona cuando se enfrenta a estrés en la vida adulta.
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Sobre los autores
Yanco Ortiz Finoqueto. Universidad Beira Interior, Covilhã, Portugal.
Carla Sofia Nascimento. Unidad de Investigación en Deporte, Salud y Ejercicio – IPCB, Universidad Beira Interior, Covilhã, Portugal.
Paulo Rodrigues. Unidad de Investigación en Deporte, Salud y Ejercicio – IPCB, Universidad Beira Interior, Covilhã, Portugal.
Luis Alberto Coelho Rebelo Maia. Universidad Beira Interior, Covilhã, Portugal. ORCID: 0000-0002-1803-6680.
Autor de correspondencia: Luis Alberto Coelho Rebelo Maia @
Sobre el artículo
Fecha de recepción: 27 de agosto de 2026
Fecha de aceptación: 30 de septiembre de 2026
Fecha de publicación: 7 de octubre de 2026
DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0214
Conflictos de interés: Los autores declaran no tener conflictos de interés relacionados con el presente trabajo.
Financiación: Los autores declaran que el presente trabajo no ha recibido financiación externa.
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