Autora principal: Mirna Alejandra Barrera Montane
Vol. XXI; nº 06; 90
REVISIÓN
Prevención de caídas en adultos mayores
Fall prevention in older adults
Mirna Alejandra Barrera Montane, Daniel Alessandro Caro Correa, Valeshka Elideth García Galván, Alexa Francisca Hernández Álvarez, Maybet Itana Lugo Moreno, Elizabeth Aylin Lugo Rivera, Mía Valeria Mojarro Gómez
Incluido en Revista Electrónica de PortalesMedicos.com, Volumen XXI. Número 06 – Segunda quincena de Marzo de 2026 – Página inicial: Vol. XXI; nº 06; 90 – DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0090 – Cómo citar este artículo
Sobre los autores | Sobre el artículo | Referencias
Resumen
La prevención de caídas en adultos mayores constituye una prioridad en geriatría y salud pública debido a su elevada frecuencia y a las consecuencias funcionales, psicológicas y sociales que pueden generar. Las caídas no representan un evento inevitable del envejecimiento, sino el resultado de la interacción entre factores intrínsecos y extrínsecos, muchos de ellos modificables. Entre los factores intrínsecos destacan las alteraciones del equilibrio y la marcha, la sarcopenia, las enfermedades crónicas, los déficits sensoriales, el deterioro cognitivo y la polifarmacia. Entre los factores extrínsecos se incluyen la iluminación deficiente, la presencia de obstáculos en el hogar y el uso inadecuado de calzado o ropa.
Se realizó una revisión bibliográfica descriptiva de publicaciones en español entre 2005 y 2024 con el objetivo de identificar factores de riesgo y estrategias preventivas en adultos mayores de 60 años. La evidencia revisada señala que las intervenciones más eficaces son multifactoriales e individualizadas, integrando evaluación clínica y funcional, revisión de medicamentos, programas de ejercicio enfocados en fuerza y equilibrio, rehabilitación, modificaciones del entorno y educación a pacientes y cuidadores.
Asimismo, una nutrición adecuada y la suplementación con calcio y vitamina D cuando está indicada contribuyen al mantenimiento de la salud musculoesquelética. En conjunto, las estrategias preventivas permiten reducir la discapacidad, la dependencia y los costos sanitarios, favoreciendo la seguridad y la autonomía del adulto mayor.
Palabras clave
Accidentes por caídas; prevención de accidentes; anciano; factores de riesgo; rehabilitación
Abstract
Fall prevention in older adults is a major priority in geriatrics and public health because of its high frequency and the functional, psychological, and social consequences it may produce. Falls are not an inevitable result of aging; rather, they arise from the interaction between intrinsic and extrinsic risk factors, many of which are modifiable. Intrinsic factors include gait and balance impairments, sarcopenia, chronic diseases, sensory deficits, cognitive decline, and polypharmacy. Extrinsic factors include poor lighting, household hazards, and inappropriate footwear or clothing.
A descriptive literature review of Spanish-language publications from 2005 to 2024 was conducted to identify risk factors and preventive strategies in adults aged 60 years and older. The reviewed evidence indicates that the most effective approaches are multifactorial and individualized, combining clinical and functional assessment, medication review, exercise programs focused on strength and balance, rehabilitation, environmental modifications, and caregiver education.
Adequate nutrition and calcium and vitamin D supplementation, when indicated, also contribute to musculoskeletal health. Overall, fall prevention strategies reduce disability, dependence, and healthcare costs while promoting safety and autonomy in older adults.
Keywords
Accidental falls; accident prevention; aged; risk factors; rehabilitation
Introducción
El envejecimiento poblacional es una realidad creciente a nivel mundial, y con ello, los desafíos en materia de salud pública también se multiplican. Uno de los problemas más relevantes y frecuentes en la población adulta mayor son las caídas, las cuales representan no solo un riesgo significativo de morbilidad y mortalidad, sino también un impacto considerable en la calidad de vida, autonomía e independencia de quienes las padecen (2,3,6,9). Asimismo, generan una alta carga para los sistemas de salud debido a las hospitalizaciones, tratamientos prolongados y necesidades de rehabilitación que conllevan (3,8,9).
Diversos estudios han demostrado que las caídas no son sucesos inevitables del envejecimiento, sino que pueden prevenirse mediante la identificación de factores de riesgo tanto intrínsecos (como alteraciones del equilibrio, sarcopenia, enfermedades crónicas o deterioro cognitivo) como extrínsecos (barreras arquitectónicas, iluminación deficiente o uso inadecuado del calzado) (3,6,9). Por tanto, la implementación de estrategias integrales que incluyan intervenciones médicas, ejercicios de fortalecimiento y equilibrio, adecuaciones en el entorno, educación a cuidadores y familiares, y una nutrición adecuada, se vuelve esencial (3,5,8,9).
Esta revisión narrativa tiene como objetivo explorar y sintetizar la evidencia científica existente sobre la prevención de caídas en personas mayores de 60 años, a través de una revisión bibliográfica descriptiva de artículos publicados entre 2005 y 2024 (6,9). Se busca no solo comprender los mecanismos que predisponen a las caídas, sino también analizar las estrategias de intervención más efectivas en distintos contextos, especialmente en países con sistemas de salud comparables a los de América Latina y España (3,6,9). De este modo, se pretende contribuir al desarrollo de programas preventivos que mejoren la calidad de vida de los adultos mayores y disminuyan la incidencia de caídas en esta población vulnerable (3,6,9).
Metodología
Se realizó una revisión bibliográfica descriptiva con el objetivo de analizar y sintetizar la evidencia científica disponible sobre la prevención de caídas en adultos mayores, así como los principales factores de riesgo y las estrategias de intervención basadas en evidencia (6,9). Este tipo de diseño se seleccionó por permitir una integración amplia de información proveniente de distintos tipos de estudios, facilitando la comprensión global del fenómeno y sustentando el desarrollo teórico del presente artículo de revisión narrativa (6,9).
La búsqueda de información se llevó a cabo en la plataforma Google Académico, debido a su amplia cobertura de literatura científica, revistas médicas indexadas y repositorios académicos especializados. Se incluyeron artículos publicados en idioma español durante el periodo comprendido entre los años 2005 y 2024, con la finalidad de abarcar tanto investigaciones clásicas relevantes como evidencia científica actualizada. Para la localización de los estudios se emplearon los siguientes términos de consulta: «prevención de caídas en adultos mayores», «factores de riesgo de caídas en ancianos» y «estrategias de intervención en la prevención de caídas», utilizados de manera individual y combinada, con el fin de ampliar la sensibilidad de la búsqueda.
Se revisaron artículos de revisión, estudios de cohorte y ensayos clínicos, provenientes de revistas médicas y publicaciones científicas especializadas en geriatría, gerontología, enfermería y salud pública. Asimismo, se realizó una revisión secundaria de las referencias bibliográficas de los artículos seleccionados, con el propósito de identificar estudios adicionales relevantes que fortalecieran el sustento teórico del trabajo.
Como criterios de inclusión, se consideraron aquellos artículos que abordaran específicamente la prevención de caídas en adultos mayores de 60 años, que describieran factores de riesgo intrínsecos y extrínsecos, herramientas de evaluación del riesgo o intervenciones preventivas basadas en evidencia científica (6,9). Se incluyeron publicaciones realizadas en América Latina, España y otras regiones con sistemas de salud comparables, con el objetivo de garantizar la aplicabilidad clínica y contextual de los hallazgos (3,6,9). Asimismo, se seleccionaron únicamente artículos publicados en revistas científicas de acceso abierto, lo que permitió la revisión completa del contenido metodológico y de los resultados reportados.
Por otro lado, los criterios de exclusión incluyeron estudios enfocados en poblaciones pediátricas o en adultos jóvenes, investigaciones que no abordaran de forma directa la prevención de caídas o que se limitaran a describir caídas sin análisis de factores de riesgo o estrategias de intervención. De igual manera, se excluyeron artículos que no aportaran información relevante para los objetivos del estudio, así como aquellos que presentaran deficiencias metodológicas importantes, falta de claridad en el diseño del estudio, ausencia de descripción de la población o conclusiones no sustentadas en los resultados obtenidos.
El proceso de selección de los artículos se realizó en etapas. Inicialmente se llevó a cabo un cribado por título y resumen, eliminando aquellos documentos que no se relacionaban con el tema de estudio. Posteriormente, se efectuó la lectura completa de los artículos potencialmente elegibles para verificar el cumplimiento de los criterios de inclusión y exclusión. Finalmente, se seleccionaron los estudios que presentaron mayor calidad metodológica y relevancia científica.
La información extraída de los artículos incluidos se organizó de acuerdo con los ejes temáticos del protocolo: importancia de la prevención de caídas, factores de riesgo intrínsecos y extrínsecos, métodos de evaluación del riesgo, estrategias de prevención e intervenciones clínicas y comunitarias. La síntesis de la información se realizó mediante un análisis descriptivo y narrativo, integrando los hallazgos más relevantes para sustentar el marco teórico, el desarrollo del estudio y la interpretación de los resultados.
Al tratarse de una revisión bibliográfica, no se trabajó con datos primarios ni con intervención directa en seres humanos, por lo que no fue necesario solicitar consentimiento informado. No obstante, se respetaron los principios éticos de la investigación científica, garantizando la adecuada citación de las fuentes y el uso responsable de la información.
Desarrollo
1.1. Importancia de la prevención de caídas en adultos mayores
La prevención de caídas en adultos mayores constituye un eje prioritario dentro de la geriatría y la salud pública porque las caídas son el resultado visible de un conjunto de vulnerabilidades acumuladas y, al mismo tiempo, un evento centinela capaz de acelerar el deterioro funcional (3,6,9). En el adulto mayor, la caída rara vez es «accidental» en el sentido estricto; suele reflejar la interacción de cambios fisiológicos del envejecimiento, comorbilidades, fragilidad, condiciones ambientales y decisiones conductuales (3,6,9). Su importancia clínica se entiende mejor cuando se analiza su efecto como «punto de quiebre»: un adulto mayor independiente puede pasar a requerir asistencia parcial o completa después de una caída con lesión, y aun sin lesión puede iniciar un proceso de restricción de actividad por miedo, que favorece la sarcopenia, la desadaptación cardiovascular y la pérdida de equilibrio (6,9). Por ello, prevenir caídas es, en la práctica, prevenir discapacidad, dependencia, institucionalización y eventos adversos mayores (3,6,9).
En términos epidemiológicos, diversos estudios en población comunitaria muestran que una proporción considerable de adultos mayores sufre al menos una caída anual, con incremento progresivo conforme aumenta la edad y el número de factores de riesgo (6,9). Esta magnitud hace que la prevención de caídas sea una intervención de alto rendimiento clínico, pues incluso reducciones relativas modestas se traducen en muchos eventos evitados (9). La relevancia también se explica por la naturaleza prevenible de múltiples determinantes: la fuerza muscular, el control postural, la visión corregible, la hipotensión ortostática, la polifarmacia, la seguridad del hogar y la educación del cuidador son variables modificables si se identifican oportunamente (3,5,6,9). La prevención, entonces, no es una recomendación general sino un proceso estructurado que integra evaluación, intervención individualizada y seguimiento, con participación del equipo de salud, el paciente y su entorno familiar (3,6,9).
Además, la prevención de caídas se vincula con el concepto de envejecimiento saludable, en el que el objetivo no es únicamente prolongar la vida, sino preservar la función y la autonomía (3,6,9). En ese marco, las caídas son un marcador de vulnerabilidad y un desenlace que el sistema de salud debe tratar como prevenible (3,6,9). La experiencia clínica muestra que los adultos mayores que ya han caído tienden a caer nuevamente si no se interviene de manera integral; por ello, la prevención secundaria (evitar recurrencias) suele ser tan relevante como la prevención primaria (evitar la primera caída) (6,9). En ambos casos, el enfoque debe reconocer que el adulto mayor es heterogéneo: no existe un plan único, sino un conjunto de estrategias graduadas según el nivel de riesgo, el contexto de vida y las prioridades del paciente (3,6,9).
1.2. Impacto en la calidad de vida y el sistema de salud
El impacto de las caídas es multidimensional: compromete el plano físico, psicológico, social y económico (2,3,6,9). A nivel físico, las caídas se asocian con lesiones que van desde contusiones y laceraciones hasta fracturas mayores y traumatismos craneoencefálicos (8,9). La fractura de cadera, en particular, se considera una de las consecuencias más devastadoras: conlleva cirugía, rehabilitación prolongada, pérdida de independencia y aumento de mortalidad (8,9). Sin embargo, aun lesiones aparentemente «menores» pueden resultar clínicamente relevantes en el adulto mayor por su menor reserva fisiológica, comorbilidades y riesgo de complicaciones (dolor crónico, trombosis, neumonía por inmovilidad) (8,9). A esto se suma que el tiempo de recuperación suele ser mayor, y la probabilidad de regresar al nivel funcional previo puede ser limitada, especialmente en personas frágiles o con deterioro cognitivo (6,8,9).
En el plano psicológico, el miedo a caer (fear of falling) y el síndrome post-caída son determinantes de gran peso (6,9). Tras una caída, muchos adultos mayores desarrollan hipervigilancia, inseguridad al caminar y evitación de actividades (salir a la calle, subir escaleras, incluso bañarse) (6,9). Esta evitación reduce la exposición a estímulos motores necesarios para conservar equilibrio y fuerza, lo que agrava sarcopenia y fragilidad (6,9). Se configura así un círculo vicioso: miedo → menos movilidad → más debilidad → más riesgo de caída (6,9). Este fenómeno no solo afecta el funcionamiento, sino también el bienestar emocional, aumentando síntomas depresivos, ansiedad e incluso trastornos del sueño (2,6,9). En el plano social, las caídas pueden implicar pérdida de roles y participación: disminuye la vida comunitaria, se incrementa el aislamiento y se intensifica la dependencia de familiares, lo cual repercute en la dinámica familiar y en la carga del cuidador (2,6,9).
Para el sistema de salud, las caídas representan una carga importante por consultas de urgencias, hospitalizaciones, cirugías, rehabilitación y cuidados de largo plazo (8,9). Los costos no son únicamente directos; existen costos indirectos por pérdida de productividad de cuidadores, adaptaciones de vivienda y eventual institucionalización (2,9). Desde una perspectiva de gestión sanitaria, las caídas son también un indicador de calidad en instituciones: hospitales y residencias implementan programas porque las caídas intrahospitalarias o en residencias pueden prevenirse parcialmente con protocolos, supervisión y medidas ambientales (1,8). En suma, prevenir caídas es una estrategia costo-efectiva: evita eventos de alto costo, reduce discapacidad y mantiene la autonomía, generando beneficios clínicos y económicos (9).
2. Factores de riesgo
2.1. Factores intrínsecos
2.1.1. Alteraciones del equilibrio y la marcha
El equilibrio y la marcha dependen de la integración de múltiples sistemas: neuromuscular, vestibular, visual, somatosensorial, musculoesquelético y cognitivo (3,6,9). Con el envejecimiento ocurre una reducción de la masa y potencia muscular, especialmente en miembros inferiores, junto con cambios en la propiocepción y la conducción nerviosa (6,9). Esto disminuye la capacidad de ejecutar respuestas rápidas ante un tropiezo, una irregularidad del terreno o un cambio brusco de dirección (6,9). Al mismo tiempo, se altera la estrategia postural: el adulto mayor puede aumentar la base de sustentación, disminuir la velocidad de marcha y reducir la altura del paso, lo que paradójicamente puede incrementar el riesgo de tropiezo al arrastrar los pies (6,9). También se observan cambios en la coordinación intersegmentaria, haciendo más difícil mantener estabilidad en giros, al levantarse de una silla o al iniciar la marcha (6,9).
Las alteraciones de equilibrio y marcha no se explican solo por la edad; con frecuencia se asocian a patologías específicas (6,9). Las enfermedades neurodegenerativas pueden generar bradicinesia, rigidez, freezing de la marcha o alteraciones del control postural (6,9). Las secuelas de eventos vasculares cerebrales pueden provocar hemiparesia, asimetría y déficit de control motor (6,9). Las neuropatías periféricas (por diabetes, déficit de vitamina B12 u otras etiologías) reducen la sensibilidad plantar y la propiocepción, haciendo que el paciente «no sienta» bien el piso, lo cual aumenta la inestabilidad (6,9). En el plano musculoesquelético, la artrosis de rodilla o cadera condiciona dolor, limitación articular y patrones de marcha compensatorios que alteran el centro de gravedad; esto incrementa la probabilidad de tropiezos (6,9). El dolor crónico también contribuye: reduce la actividad física y favorece desacondicionamiento, generando debilidad progresiva (6,9).
Un aspecto clínicamente relevante es que equilibrio y marcha están modulados por factores contextuales: fatiga, prisa, distracción y doble tarea (caminar mientras se conversa o se porta un objeto) (6,9). La evidencia muestra que el rendimiento de la marcha empeora con tareas cognitivas simultáneas, especialmente en adultos mayores con deterioro cognitivo (6,9). Por ello, al evaluar y prevenir, no basta con observar la marcha «ideal» en consultorio; es necesario considerar cómo se desplaza el paciente en la vida real, en su hogar y comunidad (6,9).
2.1.2. Enfermedades crónicas (hipertensión, diabetes, osteoporosis)
Las enfermedades crónicas elevan el riesgo de caídas por múltiples mecanismos (6,9). En hipertensión arterial, el problema no es solo la cifra elevada, sino la variabilidad tensional y los efectos del tratamiento (6,9). La hipotensión ortostática —descenso de la presión al ponerse de pie— puede aparecer por disfunción autonómica, deshidratación, diuréticos o vasodilatadores (6,9). Clínicamente se manifiesta con mareo, visión borrosa, debilidad y, en casos severos, síncope (6,9). Un adulto mayor que se levanta rápidamente en la noche para ir al baño, con hipotensión ortostática no diagnosticada, está en alto riesgo de caída (6,9). La prevención exige medir presión en decúbito y bipedestación y ajustar fármacos con criterio geriátrico, considerando también ingesta hídrica y horarios de medicación (3,6,9).
En diabetes mellitus, la asociación con caídas es robusta por la neuropatía periférica, la retinopatía y episodios de hipoglucemia (6,9). La neuropatía reduce sensibilidad y propiocepción, deteriorando la estabilidad; la retinopatía o cataratas complican la percepción de obstáculos; y la hipoglucemia causa debilidad, sudoración, confusión y pérdida de coordinación (6,9). Además, la diabetes se relaciona con fragilidad y sarcopenia en algunos pacientes, especialmente cuando coexisten inflamación crónica, comorbilidad renal o malnutrición (6,9). Por ello, el control glucémico debe buscar equilibrio: evitar hiperglucemias sostenidas, pero también evitar metas tan estrictas que incrementen hipoglucemias en adultos mayores vulnerables (6,9).
La osteoporosis no incrementa necesariamente la probabilidad de caer, pero transforma una caída en un evento de alto impacto: aumenta el riesgo de fracturas por fragilidad (9). Desde la perspectiva preventiva, esto implica que la prevención de caídas también es prevención de fracturas (9). Debe evaluarse el riesgo de osteoporosis (historia clínica, factores de riesgo, densitometría cuando esté indicada) y asegurar manejo oportuno: ejercicio de resistencia y carga, nutrición adecuada, vitamina D, calcio y, si corresponde, terapia farmacológica antiosteoporótica (9). Reducir la frecuencia de caídas y fortalecer el hueso actúan de manera complementaria (9).
2.1.3. Déficits sensoriales (visión, audición)
La visión es fundamental para planear la marcha, anticipar obstáculos y calibrar distancias (3,9). Con el envejecimiento disminuye la agudeza visual, la sensibilidad al contraste y la adaptación a la oscuridad (3,9). A esto se suman patologías frecuentes como cataratas, glaucoma y degeneración macular (3,9). Un adulto mayor con visión deteriorada puede no detectar un escalón, una alfombra levantada o un charco, aumentando el riesgo de tropiezo o resbalón (3,9). La corrección visual adecuada (lentes actualizados, cirugía de catarata cuando esté indicada) es una intervención de alto valor preventivo (3,9). No obstante, también es importante educar sobre situaciones específicas: el uso de lentes bifocales o progresivos puede alterar la percepción de profundidad en escaleras; algunos programas sugieren precauciones y adaptación gradual para reducir tropiezos (3,9).
En cuanto a audición y sistema vestibular, el equilibrio depende del oído interno y de la integración sensorial central (3,9). Trastornos vestibulares pueden generar vértigo, inestabilidad y oscilopsia, elevando el riesgo de caída (3,9). La hipoacusia, aunque no cause caída directamente, puede contribuir a desorientación ambiental y a menor conciencia situacional (3,9). Además, déficits sensoriales se acumulan: visión + neuropatía + hipoacusia generan un «apagón sensorial» que limita la capacidad de compensación postural (3,9). Por eso, la evaluación sensorial debe ser parte rutinaria del riesgo de caídas (3,9).
2.1.4. Deterioro cognitivo y polifarmacia
El deterioro cognitivo influye por tres vías principales: atención, juicio de riesgo y control ejecutivo de la marcha (6,9). La marcha no es un acto puramente automático; requiere planificación, ajuste al entorno y capacidad de manejar doble tarea (6,9). En deterioro cognitivo, el adulto mayor puede no reconocer peligros, olvidar usar bastón o levantarse sin apoyo (6,9). También puede presentar impulsividad o desinhibición, aumentando conductas de riesgo (6,9). En demencia, además, son frecuentes alteraciones visuoespaciales y trastornos de la marcha (6,9). Todo esto incrementa caídas y dificulta la adherencia a recomendaciones preventivas, haciendo imprescindible el rol del cuidador (2,6,9).
La polifarmacia es uno de los factores más modificables y, a la vez, más frecuentes (8,9). Su importancia radica en que múltiples medicamentos afectan equilibrio, presión arterial, estado de alerta y coordinación (8,9). Benzodiacepinas, hipnóticos, antidepresivos, antipsicóticos y algunos anticonvulsivantes aumentan riesgo por sedación, enlentecimiento psicomotor y alteraciones de la marcha (8,9). Antihipertensivos y diuréticos pueden provocar hipotensión ortostática o nocturia, favoreciendo levantadas nocturnas con prisa (8,9). Hipoglucemiantes pueden causar hipoglucemias (8,9). La prevención exige una revisión farmacológica sistemática con enfoque geriátrico: identificar fármacos potencialmente inapropiados, reducir dosis, simplificar esquemas, evitar duplicidades, valorar deprescripción y vigilar efectos adversos (8,9). Esta intervención, bien realizada, puede reducir caídas sin sacrificar control clínico (8,9).
2.2. Factores extrínsecos
2.2.1. Uso inadecuado de calzado y ropa
El calzado influye directamente en la estabilidad: la suela, el ajuste, la altura y la estructura del zapato determinan la fricción y el control del pie (3,9). Zapatos sueltos, pantuflas abiertas, suelas lisas, tacón o calzado deformado aumentan resbalones y tropiezos (3,9). En adultos mayores con neuropatía o debilidad, un calzado inadecuado incrementa el riesgo de forma exponencial porque el margen de corrección postural es menor (3,9). La recomendación preventiva incluye calzado cerrado, de talla correcta, con suela antideslizante, buen soporte y preferencia por ajustes firmes (cordones o velcro) (3,9). También se deben considerar plantillas si hay deformidades del pie o dolor (3,9). La ropa, por su parte, puede causar enganches o tropiezos si es demasiado larga o amplia; esto es frecuente en batas, pijamas o pantalones que arrastran (3,9). La prevención incluye adecuar la vestimenta a una longitud segura y evitar prendas que limiten el movimiento (3,9).
2.2.2. Iluminación deficiente en el hogar
La iluminación deficiente es un factor de riesgo extrínseco clásico y altamente modificable (3,9). El adulto mayor suele presentar menor adaptación a la oscuridad; por ello, caminar de noche con poca luz aumenta tropiezos (3,9). Muchas caídas ocurren durante desplazamientos al baño, cuando hay somnolencia, prisa o hipotensión ortostática (6,9). Mejorar iluminación implica asegurar luz suficiente en pasillos, recámaras, baños y escaleras; colocar luces nocturnas; ubicar interruptores accesibles; evitar reflejos o deslumbramiento; y garantizar que escalones y desniveles sean visibles (3,9). La iluminación también es un factor de adherencia: un adulto mayor con miedo a caerse suele sentirse más seguro en un hogar bien iluminado, lo que reduce restricción de actividad (6,9).
3.1. Evaluación médica y funcional del adulto mayor
La evaluación del riesgo de caídas debe ser integral porque las caídas son multifactoriales (3,6,9). El punto de partida es la historia clínica orientada: caídas previas, número en el último año, circunstancias, síntomas prodrómicos (mareo, palpitaciones), lesiones, consumo de alcohol, uso de ayudas técnicas y contexto del hogar (3,6,9). La caída previa es un predictor potente de nuevas caídas, por lo que se debe interrogar de manera explícita, incluso si el paciente no lo menciona (6,9).
En la exploración física, la medición de presión arterial en decúbito y de pie es esencial para detectar hipotensión ortostática (3,9). El examen neurológico debe valorar fuerza, tono, reflejos, sensibilidad, propiocepción y signos extrapiramidales (6,9). La evaluación musculoesquelética debe identificar dolor, limitación articular y deformidades (6,9). Se debe revisar visión y audición, y realizar un tamizaje cognitivo cuando exista sospecha (3,6,9). También es importante revisar pies y calzado, pues la neuropatía o deformidades (hallux valgus, dedos en garra) afectan la marcha (3,6,9).
La evaluación funcional incluye pruebas de equilibrio y movilidad: Timed Up and Go, pruebas de levantarse de la silla, observación de la marcha y valoración del balance (3,9). Estas herramientas son útiles porque cuantifican el riesgo, orientan intervención y permiten seguimiento (3,9). Sin embargo, deben interpretarse con criterio clínico: un puntaje o tiempo no sustituye la evaluación integral (3,9). Asimismo, la valoración del entorno es crítica: identificar alfombras sueltas, iluminación pobre, baños sin barras, escalones peligrosos y obstáculos (3,9). Idealmente se complementa con entrevista al cuidador y, si es posible, visita domiciliaria o checklist estructurado (3,9).
Finalmente, la evaluación debe concluir con un «mapa de riesgo» individual: cuáles factores intrínsecos predominan (debilidad, hipotensión, visión, fármacos), cuáles extrínsecos (hogar inseguro, calzado, iluminación) y qué intervenciones son prioritarias (3,6,9). La evaluación no es un acto aislado; debe repetirse en seguimiento, porque el riesgo cambia con nuevas enfermedades, hospitalizaciones o ajustes de medicación (3,6,9).
4.1. Intervenciones médicas
Las intervenciones médicas se enfocan en reducir factores intrínsecos modificables (8,9). La primera intervención, por impacto y factibilidad, suele ser la revisión farmacológica (8,9). Debe identificarse medicación de alto riesgo para caídas y decidir si puede retirarse, reducirse o sustituirse (8,9). Esto requiere balance riesgo-beneficio: por ejemplo, retirar benzodiacepinas puede mejorar equilibrio y alerta, pero debe hacerse gradualmente para evitar abstinencia; optimizar analgesia puede mejorar marcha, pero opioides aumentan sedación (8,9). El objetivo no es «quitar por quitar», sino lograr el esquema más seguro con el menor número de fármacos necesario para control clínico (8,9).
Otra intervención médica fundamental es el abordaje de hipotensión ortostática: ajustes de antihipertensivos, hidratación, cambios posturales lentos, medias compresivas y, en casos seleccionados, fármacos específicos (3,9). En diabetes, prevenir hipoglucemias es una prioridad; se ajustan metas y tratamientos según fragilidad (6,9). En trastornos vestibulares, se considera rehabilitación vestibular y tratamiento etiológico cuando procede (3,9). En visión, la corrección con lentes y el manejo oftalmológico (catarata) pueden reducir caídas (3,9). En osteoporosis, aunque no evita la caída, sí disminuye fracturas; por tanto, es parte del enfoque preventivo integral (9).
La intervención médica debe integrarse con rehabilitación y ambiente: si solo se ajusta medicación, pero el paciente sigue con debilidad y un hogar inseguro, la prevención será incompleta (3,8,9). Por eso se recomienda enfoque multifactorial, coordinado por atención primaria o geriatría, con participación interdisciplinaria (3,8,9).
4.2. Ejercicio físico y rehabilitación
4.2.1. Programas de entrenamiento de fuerza, equilibrio y flexibilidad
El ejercicio es una de las intervenciones con mayor respaldo para reducir caídas en adultos mayores en la comunidad (9). La explicación fisiológica es clara: el entrenamiento de fuerza aumenta la potencia de miembros inferiores, necesaria para corregir desequilibrios; el entrenamiento de equilibrio mejora la integración sensorial y la respuesta postural; la flexibilidad preserva amplitud articular y postura, facilitando una marcha estable (9). Además, el ejercicio mejora confianza y reduce miedo a caer cuando se implementa con progresión adecuada (9).
Un programa efectivo debe ser individualizado (9). En adultos mayores frágiles, el inicio puede ser con ejercicios en sedestación, apoyo parcial y progresión lenta. En adultos más funcionales, se incorporan ejercicios de equilibrio dinámico, cambios de dirección, marcha en línea, levantarse repetidamente de la silla, escalones controlados y fortalecimiento progresivo. La adherencia es determinante: beneficios se observan con continuidad, por lo que el programa debe ser realista, accesible y acompañarse de educación para evitar abandono (9). También es importante prevenir lesiones por ejercicio: la supervisión inicial y la progresión gradual reducen riesgo (9).
4.2.2. Terapia física y ocupacional
La fisioterapia aporta evaluación detallada, entrenamiento específico y reeducación de marcha (3,9). También enseña uso correcto de dispositivos (bastón, andadera), ajusta altura y entrena técnicas seguras (3,9). En pacientes con deterioro vestibular, la rehabilitación vestibular puede disminuir vértigo e inestabilidad (3,9). La terapia ocupacional se enfoca en la seguridad funcional: transferencias, baño, vestido, cocina, organización del hogar y estrategias para reducir riesgo en actividades diarias (3,9). Es especialmente valiosa para adaptar rutinas y entorno a la capacidad del adulto mayor (3,9). En conjunto, fisioterapia y terapia ocupacional traducen la prevención en habilidades concretas: cómo caminar, cómo levantarse, cómo usar apoyo, cómo moverse en espacios reales (3,9).
4.3. Adaptaciones en el hogar y el entorno
4.3.1. Eliminación de obstáculos y mejora de la iluminación
Las adaptaciones ambientales son intervenciones de alta efectividad cuando el riesgo extrínseco es alto (3,9). El hogar debe evaluarse como un «escenario clínico»: alfombras sueltas, cables, muebles mal colocados, pisos resbaladizos, escalones irregulares y baño sin apoyos son factores prevenibles (3,9). Eliminar obstáculos no solo reduce tropiezos; también mejora la confianza del adulto mayor para moverse, reduciendo restricción de actividad (6,9). La iluminación, como se mencionó, debe ser suficiente y accesible, especialmente de noche. Se recomienda iluminación nocturna en pasillos y baño, interruptores al alcance y señalización visible en escaleras (3,9).
4.3.2. Uso de dispositivos de apoyo (bastones, andaderas, barandales)
Los dispositivos de apoyo son extensiones de la estabilidad del paciente (3,9). Su eficacia depende de la correcta indicación y del entrenamiento (3,9). Un bastón puede ser útil en inestabilidad leve; una andadera en inestabilidad mayor. Barandales y barras en baño disminuyen caídas al facilitar transferencias seguras (3,9). Sin embargo, si el dispositivo no se ajusta bien o el paciente no sabe usarlo, puede aumentar el riesgo. Por eso, la intervención debe incluir evaluación funcional, selección adecuada y entrenamiento por fisioterapia (3,9).
4.4. Educación y concienciación
4.4.1. Capacitación a cuidadores y familiares
La prevención es más efectiva cuando el cuidador participa, especialmente en deterioro cognitivo (2,6,9). La capacitación incluye reconocer riesgos, reforzar uso de dispositivos, supervisar adherencia al ejercicio y detectar signos de alerta (mareo, somnolencia por fármacos, cambios en la marcha) (2,6,9). También incluye pautas prácticas: no apresurar al adulto mayor, asegurar calzado, mantener el entorno ordenado, acompañar en baños nocturnos si existe alto riesgo y saber cómo actuar ante una caída (2,6,9). La capacitación disminuye eventos evitables y reduce la carga emocional al convertir la prevención en rutina (2,9).
4.4.2. Promoción de estilos de vida saludables
Promover estilos de vida saludables es prevención de caídas a largo plazo (3,9). Incluye actividad física regular, alimentación adecuada, hidratación, sueño, control de enfermedades crónicas y revisión periódica de medicación (3,8,9). También incluye limitar alcohol, evitar automedicación y mantener vida social (3,9). La salud mental importa: depresión y ansiedad se asocian a peor equilibrio, menor adherencia a ejercicio y mayor sedentarismo (2,6,9). Mantener al adulto mayor activo, motivado y acompañado reduce fragilidad y mejora función (2,6,9).
4.5. Nutrición y suplementación: importancia del calcio y la vitamina D en la salud ósea
La nutrición impacta en dos pilares: músculo y hueso (7,9). La pérdida muscular (sarcopenia) se relaciona con baja ingesta proteica y sedentarismo, y se asocia con caídas por debilidad y mala respuesta postural (7,9). Por ello, una dieta suficiente en proteínas, junto con ejercicio de resistencia, ayuda a mantener fuerza (7,9). En cuanto al hueso, el calcio y la vitamina D son fundamentales (9). El calcio es componente estructural del hueso; la vitamina D favorece absorción de calcio y participa en función neuromuscular (9). En adultos mayores con deficiencia de vitamina D, la suplementación puede mejorar fuerza proximal y equilibrio; además, optimizar vitamina D y calcio reduce riesgo de fracturas en caso de caída, especialmente en población con osteoporosis o alto riesgo (9). La decisión de suplementar debe individualizarse según dieta, exposición solar, comorbilidades y riesgo de osteoporosis, idealmente apoyada en evaluación clínica y, cuando procede, niveles séricos (9).
Discusión
La prevención de caídas en adultos mayores representa un desafío complejo que requiere un enfoque integral, dado que estas suelen ser el resultado de la interacción entre múltiples factores de riesgo. La evidencia revisada demuestra que las estrategias preventivas más efectivas son aquellas que combinan intervenciones médicas, programas de ejercicio físico, modificaciones del entorno y educación dirigida tanto a los adultos mayores como a sus cuidadores.
Diversos estudios coinciden en que el ejercicio enfocado en el fortalecimiento muscular y el entrenamiento del equilibrio constituye una de las intervenciones con mayor impacto en la reducción del riesgo de caídas, especialmente en adultos mayores que viven en la comunidad. Asimismo, la revisión periódica de la medicación y la identificación de fármacos asociados con inestabilidad o sedación son medidas fundamentales dentro del abordaje clínico preventivo.
Por otra parte, las adaptaciones en el entorno doméstico, como la mejora de la iluminación, la eliminación de obstáculos y la instalación de dispositivos de apoyo, han demostrado ser intervenciones costo-efectivas para disminuir la incidencia de caídas. Estas medidas adquieren especial relevancia en personas con limitaciones funcionales o deterioro sensorial.
De igual manera, la participación de cuidadores y familiares desempeña un papel importante en la implementación y mantenimiento de estrategias preventivas. La educación y concienciación permiten identificar factores de riesgo tempranamente y fomentar hábitos que favorezcan la movilidad segura del adulto mayor.
En conjunto, la evidencia sugiere que los programas de prevención de caídas deben diseñarse de manera multifactorial e individualizada, considerando las características clínicas, funcionales y sociales de cada persona mayor.
Conclusiones
Prevalencia y magnitud del problema
Las caídas en adultos mayores son frecuentes y constituyen un importante problema de salud pública (6,9). En la comunidad, entre una cuarta y una tercera parte de las personas mayores de 65 años sufren al menos una caída cada año (6,9). Por ejemplo, se estima que alrededor del 30%–33% de los mayores comunitarios caen anualmente (6,9). En poblaciones institucionalizadas, la incidencia es incluso mayor: aproximadamente la mitad de los residentes en centros geriátricos (asilos o residencias) experimentan caídas cada año, con algunos estudios indicando cifras de hasta 50–75% (1). En el entorno hospitalario, los adultos mayores hospitalizados también tienen alto riesgo: la tasa de caídas en salas de agudos suele rondar 3–5 caídas por cada 1000 días-paciente (8).
Las consecuencias de estas caídas pueden ser graves. Alrededor de 5–10% de las caídas producen lesiones serias (ej. fracturas, traumatismos craneales), incluyendo fractura de cadera y traumatismo craneoencefálico, que pueden aumentar la morbilidad e incluso la mortalidad (8,9). De hecho, las caídas son una causa importante de lesiones accidentales fatales y no fatales en ancianos (9). Aproximadamente una de cada 10 caídas provoca una lesión que limita la actividad del adulto mayor o requiere atención médica (9). Además, sufrir una caída incrementa el riesgo de futuras caídas: haber caído una vez duplica la probabilidad de volver a caer (6,9).
El impacto socioeconómico es igualmente considerable. Las caídas conllevan pérdida de autonomía, necesidad de cuidados a largo plazo e importantes costos sanitarios (2,9). En promedio, los eventos por caídas generan altos costos por hospitalizaciones, cirugías, rehabilitación y atención prolongada (8,9). Estas cifras reflejan la carga financiera que suponen las caídas, sumada al impacto personal en la calidad de vida (2,9).
Factores de riesgo de caídas
Numerosos factores de riesgo contribuyen a las caídas en adultos mayores. Pueden dividirse en no modificables (propios del individuo, difícilmente alterables) y modificables (susceptibles de intervención). Es importante identificarlos, ya que el riesgo de caer aumenta cumulativamente cuantos más factores de riesgo estén presentes (6,9).
Factores de riesgo no modificables: Edad avanzada: El riesgo de caídas crece con la edad. El envejecimiento conlleva cambios físicos, sensoriales y cognitivos (p. ej., sarcopenia, alteraciones visuales, deterioro del equilibrio) que predisponen a perder estabilidad (6,9). Por ejemplo, a partir de los 80 años la prevalencia de caídas y lesiones relacionadas aumenta notablemente (6,9). Sexo: Las mujeres mayores tienden a sufrir más caídas no fatales que los hombres, posiblemente debido a mayor longevidad y osteoporosis; mientras que los varones tienen mayor mortalidad por caídas (6,9). Historial de caídas previas: Es uno de los predictores más fuertes de caídas futuras. Haber sufrido caídas anteriores multiplica las probabilidades de recaída (6,9). Comorbilidades crónicas y deterioro neurológico: Enfermedades como demencia, enfermedad de Parkinson, ACV previo o neuropatías aumentan la propensión a caídas por afectar la marcha, el equilibrio o la cognición (6,9). Por ejemplo, la presencia de demencia duplica el riesgo de caer en la comunidad (6,9). Discapacidades sensoriales no corregibles: Pérdida severa de visión (p. ej., por degeneración macular) o audición pueden contribuir a desequilibrios (3,9). La evidencia muestra que la pérdida visual importante incrementa el riesgo de caídas, y los mayores con pérdida auditiva tienen hasta tres veces más probabilidad de caer (3). Fragilidad y bajo IMC: La fragilidad geriátrica y la desnutrición o bajo peso se han relacionado con mayor incidencia de caídas, al disminuir la reserva fisiológica para mantener la postura ante perturbaciones (6,9).
Factores de riesgo modificables: Debilidad muscular y alteraciones de la marcha/balance: El déficit de fuerza en piernas y pobre control postural aumentan significativamente el riesgo de caída (6,9). Por el contrario, entrenar la fuerza y equilibrio puede reducir ese riesgo (9). Uso de fármacos que afectan el sistema nervioso central: Los psicofármacos —como benzodiazepinas, hipnóticos sedantes, antidepresivos tricíclicos o antipsicóticos— se asocian fuertemente a caídas (8,9). La polifarmacia (≥4 fármacos) incrementa el riesgo de inestabilidad y caídas (8,9). Revisiones sistemáticas señalan que la retirada gradual de medicamentos psicotrópicos reduce notablemente las caídas (hasta ~66% menos en un ensayo) (8). Hipotensión ortostática y problemas cardiovasculares: La caída de la presión arterial al ponerse de pie puede causar mareos y desvanecimientos (3,9). Déficit de vitamina D: La deficiencia de vitamina D se asocia a debilidad muscular proximal y peor función neuromuscular. Suplementar vitamina D en personas con deficiencia ha demostrado disminuir la tasa de caídas en geriátricos (9). Problemas de visión corregibles: Cataratas, errores refractivos no corregidos o uso inadecuado de lentes bifocales pueden contribuir a tropiezos (3,9). La cirugía de catarata reduce el riesgo de caídas en adultos mayores con visión afectada (3,9). Alteraciones del equilibrio vestibular o propioceptivo: Patologías del oído interno o neuropatía periférica pueden causar inestabilidad, y a veces son tratables con rehabilitación vestibular o ejercicios de equilibrio (3,9). Depresión, miedo a caer y aislamiento: Estados emocionales influyen; el miedo a caer puede llevar a reducir actividad física y social, causando decondicionamiento, depresión y aislamiento, aumentando el riesgo de nuevas caídas (2,6,9). Factores ambientales (extrínsecos): Peligros en el hogar aumentan el riesgo de tropiezos y resbalones (pisos resbaladizos, alfombras sueltas, mala iluminación, ausencia de barras en baño) (3,9). El uso de dispositivos de ayuda sin ajuste o entrenamiento adecuados también puede aumentar el riesgo (3,9).
Resumen: La presencia de factores de riesgo no modificables obliga a mayor vigilancia, mientras que abordar los factores modificables es la base de la prevención de caídas (6,9). Dado que la mayoría de las caídas resultan de la combinación de múltiples factores simultáneos, las intervenciones efectivas suelen ser multifactoriales (9).
Intervenciones para la prevención de caídas
La investigación entre 2005 y 2024 ha evaluado numerosas estrategias para prevenir caídas en adultos mayores. En general, las intervenciones más efectivas incluyen: programas de ejercicio físico, modificaciones del hogar, revisión de medicación, educación a pacientes y cuidadores, y enfoques multifactoriales personalizados (3,5,8,9).
Ejercicio físico y entrenamiento del equilibrio: El ejercicio dirigido es una piedra angular en la prevención de caídas en adultos mayores, particularmente en mayores que viven en la comunidad (9). Numerosos ensayos clínicos y revisiones sistemáticas han demostrado que los programas de ejercicio reducen significativamente la incidencia de caídas en ancianos comunitarios (9). También se ha documentado que el Tai Chi puede reducir modestamente las caídas (9).
Adaptaciones en el hogar y modificaciones del entorno: Muchas caídas ocurren en el domicilio, por lo que la intervención sobre riesgos ambientales domésticos es otra estrategia clave (3,9). Las adaptaciones en el hogar incluyen retirar obstáculos, mejorar iluminación, instalar barandales y colocar barras en baño (3,9). La evidencia apoya la efectividad de estas medidas, especialmente en adultos mayores con alto riesgo (3,9).
Revisión de la medicación y manejo de fármacos de riesgo: La revisión periódica de la medicación en adultos mayores es fundamental para identificar fármacos de riesgo (FRIDs) y ajustar tratamientos (8,9). La retirada gradual de psicotrópicos puede reducir la tasa de caídas de manera importante (8). La intervención es más efectiva cuando se integra en un programa multifactorial amplio (8,9).
Educación a cuidadores y programas multifactoriales: La educación por sí sola no siempre reduce caídas, pero mejora adherencia y efectividad de otras intervenciones (2,9). Los programas multifactoriales combinan evaluación del riesgo e intervenciones personalizadas y representan un abordaje eficaz para disminuir la carga global de caídas (9).
Impacto en la calidad de vida y costos sanitarios
Las caídas afectan profundamente la calidad de vida y generan carga sanitaria importante (2,8,9). El síndrome post-caída puede desencadenar restricción de actividades, debilidad y aislamiento (2,6,9). Las lesiones graves pueden llevar a pérdida de independencia y necesidad de cuidados de largo plazo (8,9). En conclusión, las intervenciones basadas en evidencia deben incorporarse de forma sistemática en la atención geriátrica comunitaria, institucional y hospitalaria (1,3,8,9).
Referencias
- Arbex Solanas R, Serrano Lavilla M, Yus Val A, Zarraluqui Anciso I, Ederra Mampel J. Prevención de caídas en residencias de ancianos. Rev Sanit Investig. 2023;4(3):1-12. Disponible en: https://revistasanitariadeinvestigacion.com/prevencion-caidas-residencias-ancianos
- De la Cuesta-Benjumea C, Arredondo-González CP, Lidón-Cerezuela B, Abad-Corpa E. La prevención de las caídas de las personas mayores y sus familiares: una síntesis cualitativa. Gac Sanit. 2021;35(2):186-192. doi:10.1016/j.gaceta.2019.09.008
- Glasinovic Peña A. Prevención de caídas y ayudas técnicas en el adulto mayor: enfoque para la atención primaria chilena. Rev Chil Med Fam. 2020;16(1):28-37. Disponible en: https://revistachilenademedicinafamiliar.cl
- González López J. Efectividad de las actividades enfermeras en la prevención de caídas en el anciano no hospitalizado [trabajo académico en Internet]. Valladolid: Universidad de Valladolid; 2016 [citado 2025 Feb 24]. Disponible en: https://uvadoc.uva.es
- Hamam Alcober N, Asín Valimaña J, Coscollar Escartín I, López Soler EC, Lafuente Ureta R. Mecanismos de prevención de caídas en el anciano: mucho más que contenciones mecánicas. Rev Sanit Investig. 2020;1(8):1-10. Disponible en: https://revistasanitariadeinvestigacion.com
- Isasi Barrado P. Riesgo de caídas en personas mayores no institucionalizadas: revisión bibliográfica [trabajo académico en Internet]. Valladolid: Universidad de Valladolid; 2023 [citado 2025 Feb 24]. Disponible en: https://uvadoc.uva.es
- Martínez-Cervantes M, González-Pérez I, García-Rodríguez J, et al. Cambios en la conducta alimentaria y riesgo nutricio en el adulto mayor. Rev Nutr Mex. 2019;9(1):31-40.
- Perpiñán Sánchez L, Villabona Jiménez M, Ferreira de Brito BK, Azabal Martín L, Mariutanu T, Martín Fuertes J. Prevención de caídas en el anciano hospitalizado. Rev Sanit Investig. 2022;3(9):1-11. Disponible en: https://revistasanitariadeinvestigacion.com
- Rufián Asensio M. Eficacia de la prevención de las caídas en las personas mayores [trabajo académico en Internet]. Valladolid: Universidad de Valladolid; 2017 [citado 2025 Feb 24]. Disponible en: https://uvadoc.uva.es
Sobre los autores
Mirna Alejandra Barrera Montane Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Daniel Alessandro Caro Correa Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Valeshka Elideth García Galván Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Alexa Francisca Hernández Álvarez Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Maybet Itana Lugo Moreno Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Elizabeth Aylin Lugo Rivera Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Mía Valeria Mojarro Gómez Facultad de Medicina, Universidad Xochicalco, Campus Mexicali, Mexicali, Baja California, México
Autora de correspondencia:
Alexa Francisca Hernández Álvarez @
Sobre el artículo
Fecha de recepción: 22 de febrero de 2026
Fecha de aceptación: 19 de marzo de 2026
Fecha de publicación: 30 de marzo de 2026
DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0090
Conflictos de interés: ninguno
Consentimiento informado: No aplicable
Financiación: ninguna
Declaración ética: Los autores declaran que este trabajo se ha realizado de acuerdo con los principios éticos y las normas internacionales de investigación biomédica, respetando los criterios de confidencialidad, integridad científica y buenas prácticas editoriales.
Autoría y responsabilidad: Todos los autores declaran haber participado activamente en el desarrollo del trabajo, haber revisado y aprobado la versión final del manuscrito y asumir responsabilidad pública por su contenido, conforme a los criterios internacionales de autoría.