Autora principal: Ginna Paola Gutiérrez Cárdenas
Vol. XXI; nº 15; 177
REVISIÓN
El rol de los disruptores endocrinos obesógenos en la disfunción metabólica: evidencia, limitaciones y desafíos
The role of obesogenic endocrine disruptors in metabolic dysfunction: evidence, limitations and challenges
Ginna Paola Gutiérrez Cárdenas, Jennifer Carolina Gutiérrez Suárez
Incluido en Revista Electrónica de PortalesMedicos.com, Volumen XXI. Número 15 – Primera quincena de Agosto de 2026 – Página inicial: Vol. XXI; nº 15; 177 – DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0177 – Cómo citar este artículo
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Resumen
La obesidad es una enfermedad que ha adquirido gran relevancia en los últimos años debido a su impacto sobre la salud pública. Se trata de una entidad multifactorial cuya etiología trasciende el simple aumento de la ingesta calórica. En este contexto, factores ambientales como la exposición a sustancias químicas con capacidad obesogénica han sido objeto de creciente interés investigativo durante la última década. En este sentido, el presente artículo examina críticamente la evidencia disponible sobre el impacto de los disruptores endocrinos en el desarrollo de obesidad y disfunción metabólica. Para ello, se realizó una búsqueda sistemática en las bases de datos PubMed/MEDLINE, Scopus, SciELO, Google Scholar y Web of Science, siguiendo los lineamientos PRISMA 2020. Los hallazgos indican que compuestos como el bisfenol A (BPA), los ftalatos, los pesticidas organoclorados y las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), ampliamente presentes en el entorno cotidiano, ejercen sus efectos mediante cuatro mecanismos principales: activación de receptores nucleares adipogénicos, interferencia con la señalización estrogénica, inducción de estrés oxidativo mitocondrial y reprogramación epigenética transgeneracional. Estos efectos ocurren de manera independiente del balance calórico y favorecen la acumulación de tejido adiposo, la insulinorresistencia y, consecuentemente, el desarrollo de síndrome metabólico, diabetes mellitus tipo 2 y enfermedad cardiovascular. A pesar de la magnitud del problema, la respuesta desde los ámbitos regulatorio, clínico y científico continúa siendo insuficiente. La evidencia disponible revela una importante deuda con la salud pública, frente a la cual las autoridades regulatorias tienen la responsabilidad de implementar estrategias orientadas a disminuir el impacto de estos compuestos sobre la salud humana.
Palabras clave
Disruptores endocrinos; obesidad; enfermedades metabólicas; adipogénesis; bisfenol A; epigénesis genética.
Abstract
Obesity is a disease that has gained significant relevance in recent years due to its impact on public health. It is a multifactorial entity whose etiology transcends a simple increase in caloric intake. In this context, environmental factors, such as exposure to chemical substances with obesogenic potential, have been the subject of growing research interest over the last decade. In this regard, this article critically examines the available evidence on the impact of endocrine disruptors on the development of obesity and metabolic dysfunction. To this end, a systematic search was conducted in the PubMed/MEDLINE, Scopus, SciELO, Google Scholar, and Web of Science databases, following the PRISMA 2020 guidelines.
The findings indicate that compounds such as bisphenol A (BPA), phthalates, organochlorine pesticides, and per- and polyfluoroalkyl substances (PFAS), widely present in everyday environments, exert their effects through four main mechanisms: activation of adipogenic nuclear receptors, interference with estrogen signaling, induction of mitochondrial oxidative stress, and transgenerational epigenetic reprogramming. These effects occur independently of caloric balance and promote adipose tissue accumulation, insulin resistance, and, consequently, the development of metabolic syndrome, type 2 diabetes mellitus, and cardiovascular disease.
Despite the magnitude of the problem, the response from regulatory, clinical, and scientific fields remains insufficient. The available evidence reveals a significant debt to public health, a challenge regarding which regulatory authorities bear the responsibility to implement strategies aimed at reducing the impact of these compounds on human health.
Keywords
Endocrine disruptors; obesity; metabolic diseases; adipogenesis; bisphenol A; genetic epigenesis.
Introducción
La obesidad, definida como una acumulación excesiva de tejido adiposo ligada a un desequilibrio del balance energético del cuerpo (ingesta calórica versus gasto energético), representa una afectación creciente para la salud pública en el mundo. La magnitud de esta epidemia es innegable, según la Organización Mundial de la Salud, para el año 2022 una de cada ocho personas en el mundo padecía obesidad, así como para 2024 a nivel global se reportaron 35 millones de niños menores de cinco años con sobrepeso (1). A través de los años, la etiología del sobrepeso y la obesidad se ha atribuido a múltiples factores que incluyen el sedentarismo, la dieta desbalanceada y la predisposición genética, sin embargo, estos factores no logran explicar por completo el aumento desmedido de la prevalencia e incidencia de las personas obesas en las últimas décadas (2,3). Por tanto, es necesario evaluar la influencia de factores ambientales no convencionales en el desarrollo y la progresión de esta patología.
Recientemente, numerosos compuestos químicos ambientales han sido objeto de investigación con el fin de describir su acción disruptiva en las hormonas, el sistema endocrino y, finalmente, su impacto en la salud, siendo denominados como Disruptores Endocrinos (DE). La exposición a estos compuestos es prácticamente inevitable pues se encuentran en productos de uso diario como pesticidas, plásticos, detergentes, sartenes, esmaltes de uñas, y demás artículos de cuidado personal. Además de afectar la función metabólica, existen algunos DE que influyen también en la función de los adipocitos, interfiriendo con el metabolismo lipídico y la homeostasis energética. Estas sustancias son denominadas Obesógenos e incluyen contaminantes ambientales relevantes como los ftalatos, el bisfenol A (BPA), los pesticidas organoclorados, entre otros (2,3,4,5).
Si bien la evidencia epidemiológica sugiere una correlación entre los DE y la prevalencia de la obesidad, es necesario conocer los mecanismos subyacentes a nivel fisiológico y celular. En este contexto, diferentes autores han planteado que estos compuestos no alteran únicamente la función endocrina clásica sino que también participan en el origen de enfermedades metabólicas complejas (2,3,6,7). Por esto, la presente revisión tiene como finalidad proporcionar una narrativa sobre la visión integral de los conocimientos alrededor del tema de disruptores endocrinos (obesógenos) y su papel en la obesidad, con un énfasis particular en su impacto sobre los mecanismos fisiológicos en la disfunción metabólica asociada a los adipocitos.
Metodología
Se realizó una búsqueda sistemática en las bases de datos PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of Science, SciELO y Google Scholar, empleando palabras clave como «endocrine disruptors», «obesogens», «metabolic dysfunction», «obesity» y «adipogenesis», incluyendo términos específicos como «bisphenol A», «phthalates» y «organochlorine pesticides» y utilizando los operadores booleanos AND, OR, NOT, priorizando artículos publicados entre 2010 y 2026, se incorporaron trabajos anteriores a este período con el fin de contextualizar el origen de la hipótesis de los obesógenos, entre ellos los trabajos de Colborn et al. (1993).
La selección de los estudios se realizó incluyendo los estudios originales y revisiones que abordaran la relación entre disruptores endocrinos y obesidad, también aquellos que describieran mecanismos fisiológicos, bioquímicos o moleculares implicados en la disfunción metabólica. Se excluyeron artículos duplicados, publicaciones sin acceso a texto completo y estudios que no presentaban información relevante para los objetivos de la revisión.
El proceso de selección siguió los lineamientos de la declaración PRISMA 2020 (véase Figura 1 en Anexos). A partir de 624 registros identificados, se eliminaron 6 duplicados. De los 618 restantes, se examinaron 120 por título y resumen, excluyendo 60 por falta de pertinencia, excesiva especificidad o ausencia de acceso al texto completo. Los 60 artículos restantes fueron evaluados a texto completo, de los cuales se excluyeron 10 por corresponder a revisiones superficiales sin aporte específico a los objetivos de la revisión. La muestra final incluyó 49 estudios. La síntesis se realizó de forma cualitativa dada la heterogeneidad metodológica entre los estudios incluidos.
Resultados
1. Evidencia y clasificación de los disruptores endocrinos obesógenos
1.1 Fundamentos y origen de la disrupción endocrina
Theo Colborn et al. (1993) definen la disrupción endocrina como la capacidad de ciertos agentes tóxicos liberados al medio ambiente de afectar el desarrollo normal del sistema neuroendocrino, en especial en las etapas prenatal y postnatal temprana (8). Estos autores advierten del carácter irreversible de estos efectos debido a las ventanas de alta sensibilidad en las que ocurre la programación de los órganos y sistemas (8,9). En este contexto, la hipótesis de los obesógenos propone que esta interferencia química genera señales metabólicas erróneas que benefician la acumulación de lípidos y desvían la homeostasis energética (10,11). Lo anterior implica que los disruptores endocrinos no alteran únicamente la regulación hormonal, sino que también inducen estrés oxidativo en las mitocondrias, reprogramando el linaje de las células madre mesenquimales, promoviendo así la adipogénesis por encima de la osteogénesis. Heindel et al. (2024) hablan del modelo OBS/REDOX que complementa esta hipótesis al aportar un marco que plantea la existencia de un equilibrio dinámico entre el estado redox celular y los factores obesogénicos, en el cual el aumento del estrés oxidativo y la reducción de la capacidad antioxidante favorecen la disfunción mitocondrial, la activación de vías proinflamatorias y adipogénicas y la alteración de la señalización de la insulina. De esta forma, se evidencia cómo la disrupción endocrina se traduce en cambios que promueven un ecosistema metabólico orientado hacia la acumulación excesiva de lípidos (10,11).
1.2 Clasificación y evidencia de los principales DE
A la fecha existe una amplia lista de Disruptores Endocrinos que se fortalece día tras día, lo que hace que su identificación y clasificación sea compleja, teniendo en cuenta la diversidad de sus estructuras químicas y las fuentes de exposición de las personas a estos, a través del consumo dietético, actividades profesionales e incluso del contacto con el aire, el agua y el suelo debido a la presencia persistente de estos químicos en el medio ambiente (12,13).
Los grupos más relevantes de DE, basándose en la integración de diferentes estudios revisados, se resumen en la Tabla 1 (véase Anexos).
1.3 Vías de exposición y ubicuidad ambiental
La relevancia de los grupos señalados en la Tabla 1 (véase Anexos) se debe a su amplia difusión ambiental. En concordancia con Pombo Arias et al. (13), la exposición ocurre por distintas vías de las cuales depende la carga de estos compuestos en el cuerpo:
Ingestión alimentaria: es la vía que predomina en sustancias como el BPA y ftalatos, pues se transfieren a través de los envases a los alimentos. Del mismo modo, organoestañados (TBT) y pesticidas se introducen en la cadena trófica mediante el consumo de productos marinos y agrícolas contaminados (12,13,14).
Transferencia materno-fetal: concordando con lo expuesto por Colborn et al. (8), compuestos lipofílicos como PFAS y DDT se acumulan en el tejido adiposo de la madre, por tanto, durante el embarazo y la lactancia, estos compuestos tienen la posibilidad de ingresar al feto, lo cual explica por qué los efectos mencionados anteriormente se pueden manifestar desde el nacimiento (8,9).
Aunque la dieta representa una de las principales fuentes de exposición a estos compuestos, no es solo por la presencia de DE en los alimentos sino también por el uso de materiales de envasado que pueden liberar sustancias con actividad endocrina, lo que refuerza el carácter ubicuo de estos agentes en la vida cotidiana (12,13,15,16).
1.4 Dinámica de la respuesta endocrina: ruptura de la toxicología clásica
La toxicología tradicional plantea que «la dosis hace al veneno», sin embargo, la evaluación de los obesógenos exige replantear este dogma puesto que estos compuestos siguen la lógica de los sistemas hormonales, muchos de ellos muestran respuestas no monotónicas actuando a concentraciones muy bajas, y paradójicamente, pueden ser más eficaces para inducir adipogénesis en niveles ambientales/nutricionales que a dosis muy elevadas (8,13,17).
Este comportamiento se fundamenta en mecanismos celulares como la saturación y la regulación a la baja de receptores como el PPARγ y los receptores estrogénicos ERα, que a dosis elevadas puede provocar que la célula retire los receptores de superficie para protegerse y así anular el efecto inicial (11).
Otro factor a considerar es la exposición a mezclas de estos DE; el «efecto cóctel» puede representar que las sustancias que individualmente están por debajo del umbral actúen en sinergia (10,13), esto puede ocurrir por activación simultánea de vías (p. ej. un activador de PPARγ más un modulador tiroideo) (12,11) o por interferencia en detoxificación (un compuesto inhibe enzimas hepáticas que eliminan a otro), amplificando su potencial obesogénico y prolongando su permanencia en el sistema (13).
Esta complejidad en las respuestas biológicas ha llevado a cuestionar los modelos tradicionales de evaluación toxicológica por la naturaleza de los DE de generar efectos significativos incluso a concentraciones bajas, representando un desafío en la regulación y el establecimiento de niveles seguros de exposición (18,19,20).
2. Mecanismos fisiológicos y celulares de la acción obesógena
Para la comprensión del efecto de los Disruptores Endocrinos sobre el metabolismo, es necesario hablar a nivel celular y molecular. Los DE, a diferencia de otras sustancias tóxicas, no destruyen de forma directa las células, sino que alteran las señalizaciones que regulan el destino de las células madre, el balance energético y el almacenamiento de lípidos, esto se puede explicar en los 4 mecanismos fundamentales presentados a continuación (10,11).
2.1 Activación de receptores nucleares
El mecanismo fundamental para la expansión de tejido adiposo es el PPARγ (receptor activado por proliferadores de peroxisomas gamma), que se asocia con el receptor X de retinoides (RXR); este complejo actúa en la determinación del destino de las células madre mesenquimales favoreciendo su diferenciación hacia adipocitos (9,11,21).
Compuestos como los ftalatos, en particular el monoéster (MEHP), tienen la capacidad de unirse a PPARγ y activarlo incluso a concentraciones similares a las del suero humano tras exposiciones ambientales comunes. De manera similar, los compuestos organoestañados (TBT) presentan alta afinidad por el mismo receptor, lo que les permite inducir la diferenciación de preadipocitos a adipocitos maduros incluso en concentraciones muy bajas. En consecuencia a esta activación se generan dos efectos principales: hiperplasia adipocitaria (aumento en el número de adipocitos) y una mayor tendencia hacia la lipogénesis sobre la lipólisis (9,10). Estos efectos han sido documentados en modelos in vitro como líneas celulares de preadipocitos 3T3-L1, en las que la exposición a MEHP, TBT y BPA indujo diferenciación adipocitaria a concentraciones ambientalmente relevantes (11,22). Estos modelos permiten analizar relaciones de causa y efecto en ambientes controlados, sin embargo, trasladar esos hallazgos a la complejidad de la exposición humana implica ciertas limitaciones que se deben considerar al interpretarlos.
En concordancia con lo expuesto previamente sobre la dinámica no monotónica de los DE, un aspecto relevante dentro de este mecanismo es que la activación del PPARγ no sigue una relación dosis-respuesta, pues a concentraciones elevadas, la sobreestimulación del receptor desencadena mecanismos de defensa celular, como su internalización y degradación, lo que disminuye su disponibilidad y, por tanto, reduce su efecto (11). En este sentido, concentraciones bajas pueden generar un efecto adipogénico marcado que dosis altas debido a mecanismos compensatorios, lo que a su vez apoya la idea de que los obesógenos actúan de manera similar a las hormonas y no como tóxicos convencionales, lo que dificulta la determinación de niveles seguros de exposición y resalta la importancia de la evaluación de sus efectos en condiciones ambientalmente relevantes (8,11).
Si bien la activación de receptores como PPARγ constituye un mecanismo central en la acción obesogénica, no es el único eje a través del que los disruptores endocrinos alteran el metabolismo. Estos compuestos también pueden interferir con otras vías hormonales claves, entre ellas la señalización estrogénica que desempeña un papel importante en la distribución del tejido adiposo y la regulación de la homeostasis energética (9,11).
2.2 Interferencia con la señalización estrogénica
Los estrógenos endógenos, a través de su interacción con los receptores nucleares ERα y ERβ, modulan múltiples procesos metabólicos incluyendo la distribución de tejido adiposo, la sensibilidad a la insulina y el gasto energético. Esta regulación contribuye a las diferencias de fenotipo metabólico entre hombres y mujeres, y de la misma forma, a los cambios en la composición corporal observados durante la menopausia (9,23).
El bisfenol A (BPA), presente en resinas epóxicas y plásticos de policarbonato (24), actúa como activador incompleto del receptor ERα y ERβ, reproduciendo parcialmente la señal del 17β-estradiol pero alterando su regulación fisiológica. A concentraciones bajas el BPA puede estimular la lipogénesis en células 3T3-L1 (una línea celular de preadipocitos ampliamente utilizada como modelo experimental de adipogénesis) y aumentar la secreción de leptina e interferir con la producción de adiponectina, una hormona con efectos antiinflamatorios y sensibilizantes a la insulina (12). No es menor el hecho de que la disminución de adiponectina circulante se asocia con un mayor riesgo de síndrome metabólico, por lo que esta interferencia tiene consecuencias metabólicas concretas.
A esto se suma que la exposición al BPA puede amplificar esta disfunción alterando la retroalimentación del eje hipotálamo-hipofisario en la regulación del balance energético (9,10), comprometiendo las señales de saciedad y favoreciendo un balance energético positivo que no depende de la ingesta calórica real (4,13). Adicionalmente, se ha descrito que los DE pueden interferir con otros ejes hormonales como el tiroideo (25) y el hipotálamo-hipofisario-adrenal, amplificando su impacto metabólico al alterar la regulación del gasto energético, el metabolismo y la respuesta al estrés (26).
Vale mencionar el caso particular de los fitoestrógenos, como la genisteína presente en la soja. Aunque son compuestos de origen natural y no contaminantes sintéticos, pueden comportarse como DE en determinadas condiciones, lo que ilustra nuevamente la dinámica no monotónica descrita anteriormente: a concentraciones bajas puede actuar como agonista del ERβ favoreciendo la adipogénesis, lo que no ocurre a concentraciones elevadas de exposición (9,11). Su inclusión en este análisis responde a que precisamente la acción disruptiva no es exclusiva de los compuestos sintéticos.
2.3 Estrés mitocondrial y modelo OBS/REDOX
Es de importancia destacar la acción de los obesógenos en la función mitocondrial; en la mitocondria ocurren procesos como la producción de ATP, la β-oxidación de ácidos grasos y la fosforilación oxidativa, por tanto, su correcto funcionamiento es esencial para el balance entre la síntesis de lípidos y la oxidación de sustratos, por lo que existen obesógenos capaces de interferir directamente con estos procesos, generando un estrés oxidativo crónico (10,12,27,49).
Los compuestos perfluoroalquilados (PFAS) utilizados en repelentes y antiadherentes, inhiben enzimas clave para el proceso de β-oxidación de ácidos grasos como el acil-CoA deshidrogenasa, reduciendo la capacidad de los hepatocitos y los adipocitos de oxidar lípidos; por consiguiente, los ácidos grasos no oxidados se acumulan en forma de triglicéridos. Este proceso favorece el desarrollo de esteatosis hepática y fomenta un perfil lipídico proaterogénico caracterizado por el incremento de partículas LDL pequeñas y densas, elevando el riesgo cardiovascular sistémico (12,28).
Por su parte, los pesticidas organoclorados afectan la cadena respiratoria mitocondrial, incrementando la producción de ROS (especies reactivas de oxígeno) y disminuyen la síntesis de ATP, favoreciendo la inflamación y la adipogénesis además de generar estrés oxidativo, dañando diversos componentes celulares (10,12).
El modelo OBS/REDOX propuesto por Heindel et al. integra estos mecanismos en un solo marco conceptual. De partida, se tiene que los obesógenos llevan el equilibrio redox hacia un estado prooxidante, lo que activa las vías proinflamatorias NF-κB y JNK que reducen la sensibilidad a la insulina, promoviendo la expresión de genes adipogénicos (29). De este modo, la exposición química transforma una mitocondria funcional en una fuente de señales inflamatorias para que el organismo expanda su tejido adiposo.
2.4 Epigenética y efectos transgeneracionales
La exposición a DE no afecta únicamente al individuo expuesto; más allá de sus efectos en el metabolismo, los obesógenos pueden inducir cambios en la expresión génica a través de mecanismos epigenéticos. Skinner et al. (30) demuestran que estas alteraciones se transmiten de forma transgeneracional, lo que supone una relación entre la predisposición a la obesidad, la disfunción metabólica y la exposición ambiental de sus ancestros.
Entre los principales mecanismos se encuentran la metilación del ADN en regiones promotoras de genes que se relacionan directamente con el metabolismo lipídico, la regulación mediada por microARNs y la modificación de histonas (10,11). Por otro lado, la exposición prenatal a compuestos como el DDT y los PFAS representa una preocupación particular debido a su capacidad para atravesar la barrera placentaria y la leche materna durante etapas tempranas del desarrollo (8,9). En modelos animales, se ha observado un aumento en la adiposidad y una mayor susceptibilidad al síndrome metabólico en los descendientes de individuos expuestos a obesógenos en comparación con grupos control, incluso sin exposición directa, como ha sido descrito por Skinner et al. (30).
De manera complementaria, estudios recientes sugieren que los DE pueden alterar la composición y la función de la microbiota intestinal, modificando la absorción de nutrientes, la producción de metabolitos y la respuesta inflamatoria, lo que favorece el desarrollo de la obesidad y disfunción metabólica (31,32,33,34,48).
Discusión
Los mecanismos descritos previamente dan cuenta de que los disruptores endocrinos no actúan de manera aislada y en su lugar generan una alteración sistémica del metabolismo. La activación de los receptores adipogénicos, el estrés oxidativo mitocondrial, la interferencia con la señalización hormonal y la reprogramación epigenética se unen en un mismo resultado fisiopatológico: un entorno metabólico que favorece la inflamación crónica, la resistencia a la insulina y la acumulación de lípidos (10,11,35,36), independientemente de lo que el individuo coma o cuánto se mueva. Sin embargo, más allá de la descripción de estas vías, es necesario cuestionarse sobre las implicaciones de esta información en la comprensión actual de la obesidad y explorar vacíos existentes en la evidencia disponible.
Uno de los aportes principales en la literatura revisada es que la hipótesis de los obesógenos no viene a reemplazar el modelo calórico sino a señalar que este es insuficiente. En concordancia con Baillie-Hamilton (27), es difícil ignorar que el aumento exponencial en la producción de químicos sintéticos desde mediados del siglo XX coincide temporalmente con el inicio de la epidemia de obesidad, una coincidencia que no puede explicarse únicamente por el sedentarismo o la dieta. La evidencia actual sugiere que los obesógenos actúan sobre el sistema de regulación del peso corporal dificultando la respuesta del organismo frente a un balance energético normal. Heindel et al. plantean que la exposición a estos compuestos modifica los puntos de ajuste metabólico, resultando en una acumulación de tejido adiposo sin que necesariamente el individuo se exponga a una sobreingesta o una reducción del gasto energético (10,27), lo que ayuda a entender por qué hay pacientes que no responden a las intervenciones convencionales de la manera esperada.
Dicho esto, la evidencia disponible no está exenta de limitaciones que merecen ser nombradas. La mayor parte de los mecanismos descritos proviene de modelos celulares y animales que, si bien permiten establecer relaciones causa-efecto en condiciones controladas, no reproducen la complejidad de la exposición humana (11,22). Trasande et al. (37), por ejemplo, reportan una asociación entre concentraciones urinarias de BPA en niños y adolescentes y la prevalencia de obesidad, pero al ser un estudio transversal no es posible determinar si la exposición precedió a la enfermedad o si el tejido adiposo acumulado actuó como reservorio elevando los niveles del compuesto en orina. Gran parte de la evidencia en humanos enfrenta esta misma limitación. Otros estudios que han medido cargas de DE en el organismo mediante biomarcadores en poblaciones específicas, por ejemplo, Lim et al. (38) asocian retardantes de llama bromados con síndrome metabólico, y por su parte, Kabir et al. (39) documentan alteraciones endocrinas posteriores a exposición de DE combinados. Sin embargo, estudios epidemiológicos originales de este tipo en humanos son escasos aún en la literatura, lo que refleja la brecha que existe entre la evidencia experimental y la demostración causal en personas. De ahí que resulte necesaria la existencia de estudios longitudinales con seguimiento desde el periodo prenatal que integren la medición sistemática de la exposición química y el seguimiento del desarrollo metabólico. Es de importancia que las afirmaciones sobre el rol de los DE en la epidemia de obesidad se formulen con precisión, distinguiendo entre la asociación estadística y la causalidad demostrada, lo que no implica minimizar la relevancia del problema, sino comunicarlo con la rigurosidad que la toma de decisiones tanto clínicas como regulatorias requieren (40,20).
Esta insuficiencia en la evidencia se vuelve más preocupante cuando se analiza el marco regulatorio vigente, que no está diseñado para capturar el riesgo real de estos compuestos. Los marcos regulatorios vigentes evalúan los compuestos químicos individualmente ignorando el efecto cóctel y asumen una relación monotónica entre la dosis y la respuesta, lo cual contradice directamente el comportamiento descrito para los DE a lo largo de esta revisión (13,41). Petrakis et al. (20) señalan que la exposición de la población no ocurre a una sola sustancia, por el contrario, la mezcla de compuestos en el día a día es evidente, incluyendo alimentos, envases, artículos de cuidado personal, artículos en el entorno laboral, concluyendo en una gran acumulación a lo largo de toda la vida. Kabir et al. (39) documentan que incluso concentraciones individuales, consideradas seguras por estándares actuales, son capaces de generar alteraciones endocrinas cuando se presentan en combinación. En este escenario, los límites de exposición establecidos pueden no ser suficientes y representar únicamente una seguridad ilusoria que no se ve respaldada por la cifra global de enfermedad metabólica (19), y eso es algo que la regulación vigente aún no ha resuelto.
No toda la población enfrenta este riesgo de la misma forma. El periodo prenatal y los primeros años de vida representan las ventanas de mayor vulnerabilidad, precisamente porque el sistema metabólico y hormonal está en plena formación y es especialmente sensible a señales químicas externas que pueden modificar su programación de manera permanente (8). Karakiliç et al. (31) y Kapama et al. (42) exponen que el contacto prenatal o perinatal a ftalatos y BPA se asocia con mayor adiposidad y marcadores de disfunción metabólica temprana, independientes de los hábitos dietéticos posteriores. Vale detenerse en lo que esto significa: si parte de la predisposición a la obesidad ya está condicionada antes del nacimiento, culpar al individuo por su enfermedad es, cuando menos, una visión incompleta; es necesaria entonces una reconfiguración de los modelos de responsabilidad individual en los discursos de salud pública con el fin de abordar la enfermedad en toda su complejidad (43).
Frente a este panorama, la pregunta que queda pendiente es qué tan presente está todo esto en la consulta diaria. Un paciente con obesidad que no responde a las intervenciones convencionales, con resistencia a la insulina y antecedentes de exposición intensa a compuestos químicos o historial familiar de disfunción metabólica sin explicación genética clara, debería motivar al profesional de salud a considerar la posible contribución ambiental al cuadro (44). Vanni et al. (45) y Coşkun et al. (46) proponen que la evaluación de la exposición a disruptores endocrinos debería ser considerada en el abordaje diagnóstico de la insulinorresistencia cuando los factores de riesgo habituales no explican lo que se observa. El problema es que llevar esto a la práctica hoy es casi imposible: no existen biomarcadores validados clínicamente, no hay guías que orienten al profesional y la formación toxicológica ambiental brilla por su ausencia en la educación médica (47). Sin avances en esa dirección, el conocimiento sobre los obesógenos seguirá siendo patrimonio exclusivo de los espacios académicos, ausente justo donde más falta hace.
Conclusiones
Los hallazgos reunidos en esta revisión dejan una preocupación difícil de ignorar: existe un factor que contribuye al desarrollo de la obesidad y la disfunción metabólica de manera independiente a las decisiones individuales sobre alimentación o actividad física, y sin embargo, apenas figura en los espacios clínicos y de salud pública donde más haría falta. La obesidad no es una enfermedad aislada; es la puerta de entrada a condiciones de alto impacto como el síndrome metabólico, la diabetes tipo 2 y la enfermedad cardiovascular, por lo que cualquier factor que medie su desarrollo merece atención proporcional a su relevancia.
La acción de los disruptores endocrinos obesógenos converge en cuatro mecanismos fundamentales: la activación de receptores nucleares adipogénicos, la interferencia con la señalización estrogénica, el daño oxidativo mitocondrial y la reprogramación epigenética transgeneracional, configurando un entorno metabólico orientado a la acumulación de tejido adiposo que no depende del balance calórico del individuo. Que estos mecanismos estén bien descritos a nivel celular y molecular, pero que aún no se traduzcan en herramientas clínicas concretas, refleja una brecha que tiene consecuencias reales en pacientes que no responden a las intervenciones convencionales.
La escasez de estudios longitudinales en humanos es la limitación más importante y la que más frena la toma de decisiones tanto regulatorias como clínicas. Sin embargo, esperar certeza absoluta para actuar tampoco parece razonable cuando la evidencia disponible ya es suficientemente consistente para justificar la incorporación de la exposición ambiental en el abordaje diagnóstico del paciente con obesidad de difícil control. Se necesitan biomarcadores validados, guías clínicas que orienten al profesional de salud y una formación médica que incluya la dimensión ambiental como determinante de la salud metabólica.
Pero quizás lo más urgente es simplemente que se hable de esto. Un factor de riesgo presente en el ambiente cotidiano de cualquier persona en el mundo, independientemente de sus hábitos o su geografía, debería ocupar un lugar en los discursos de salud pública, en la consulta médica y en las políticas de regulación química. La evidencia existe, los mecanismos están descritos, y la epidemia metabólica global no da señales de ceder. Ignorar la contribución de los obesógenos a ese panorama no es una postura neutral, es una decisión con costos en salud que recaen sobre las personas.
Anexos
Referencias
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Sobre los autores
Ginna Paola Gutiérrez Cárdenas. Programa de Bacteriología y Laboratorio Clínico, Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, Bogotá, Colombia. ORCID: 0009-0008-3304-3572
Jennifer Carolina Gutiérrez Suárez. Programa de Bacteriología y Laboratorio Clínico, Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, Bogotá, Colombia. ORCID: 0000-0002-6597-6368
Autor de correspondencia:
Ginna Paola Gutiérrez Cárdenas. @
Sobre el artículo
Fecha de recepción: 28 de mayo de 2026
Fecha de aceptación: 31 de julio de 2026
Fecha de publicación: 11 de agosto de 2026
DOI: https://doi.org/10.64396/v21-0177
Conflictos de interés: ninguno
Consentimiento informado: No aplicable
Financiación: ninguna
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