La evolución humana en la visión filosófica de Teilhard de Chardin

humana en Teilhard de Chardin.

EL PASO DE LA REFLEXIÓN.

EL PASO ELEMENTAL DE LA HOMINIZACIÓN DEL INDIVIDUO

a) Naturaleza

De la misma manera que reina siempre entre los biólogos la incertidumbre respecto de la existencia de un sentido ya fortificó un eje definido en la Evolución, de la misma manera y por una razón conexa se manifiesta aún la mayor divergencia entre los psicólogos cuando se trata de decidir si el psiquismo humano difiere específicamente (por naturaleza) del de los seres que aparecieron antes que él. De hecho, la mayoría de los sabios pondría más bien en tela de juicio la validez de tal separación. ¡Qué no se ha dicho -y qué no dice todavía- sobre la inteligencia de las bestias! Si se quiere resolver esta cuestión (y es necesario decidirla para la Ética de la vida como para el conocimiento puro) de superioridad del hombre sobre los animales, yo no veo más que un medio: separar decididamente, en el haz de los comportamientos humanos, todas las manifestaciones secundarias equivocas de la actividad interna y situarse cara al fenómeno central de la Reflexión,

Desde el punto de vista experimental que utilizamos, la Reflexión, tal como lo indica su nombre, es el poder adquirido por una consciencia de replegarse sobre sí misma y de tomar posesión de sí misma como de un objeto dotado de su consistencia y de su valor particular; no ya sólo conocer, sino conocerse; no ya sólo saber, sino saber que se sabe. Gracias a esta individualización de sí mismo en el fondo de sí mismo, el elemento vivo, hasta entonces distribuido y dividido dentro de un círculo difuso de percepciones y de actividades, se halla constituido, por vez primera, en centro puntiforme en el que todas las representaciones y experiencias se entrelazan y se consolidan en un conjunto consciente de su organismo. Ahora bien: ¿cuáles son las consecuencias de una tal transformación?

Ellas son inmensas y nosotros las leemos tan claramente en la Naturaleza como cualquiera de los hechos catalogados por la física en la astronomía. El ser reflexivo, en virtud de su repliegue sobre sí mismo, se hace bruscamente susceptible de desarrollarse en una nueva esfera. En realidad, es otro mundo el que nace. Abstracción, lógica, elección e invenciones razonadas matemáticas, arte, percepción calculada del espacio y de la duración, ansiedades y sueños del amor… Todas estas actividades de la vida interior no son más que la efervescencia del centro nuevamente constituido explotando sobre si mismo. Una vez sentado esto, he aquí mi pregunta. Si, como se sigue de lo que precede, es el hecho de hallarse «reflexionado» lo que hace al ser verdaderamente «inteligente», ¿podemos dudar seriamente de que la inteligencia sea el atributo evolutivo del Hombre y de sólo él? ¿Y podemos, en consecuencia dudar en reconocer, por no sé qué falsa modestia, que su posesión no representa para el Hombre un avance radical sobre toda la vida anterior a él? El animal sabe, no lo iludamos. Pero ciertamente no sabe que sabe; de otra manera, hace tiempo que hubiera multiplicado las invenciones y desarrollado un sistema de construcciones internas que no podrían escapar a nuestra observación.

 Por consiguiente, un sector de lo Real está cerrado, un sector dentro del cual nos movemos nosotros, pero en el cual él no podría entrar. Un foso —o un umbral— infranqueable para él nos separan. En relación con él, por el hecho de ser reflexivos, no sólo somos diferentes, sino otros. No sólo simple cambio de grado, sino cambio de naturaleza, resultado de un cambio de estado. Henos aquí exactamente frente a lo que esperábamos. La vida, por ser ascensión de consciencia, no podía continuar avanzando indefinidamente en su línea sin transformarse en profundidad.

Ella debía, según decíamos, como toda magnitud creciente en el Mundo, llegara ser diferente para continuar siendo ella misma. Más claramente definible que cuando escrutábamos el psiquismo oscuro de las primeras células, he aquí que se descubre en este acceso al poder de reflexión la forma particular y crítica de transformación en que ha consistido para ella esta súper creación o este renacimiento. Y, por eso mismo, he aquí cómo reaparece la curva entera de la Biogénesis, se resume y se clarifica en este punto singular.

a) La composición de las ramas humanas Sea cual fuere la idea que uno se haga acerca del mecanismo interno de la Evolución, es cierto que cada grupo zoológico se rodea de una determinada envoltura psicológica: cada tipo de Insecto, de ave o de mamífero, por sus instintos propios. Hasta ahora no se ha realizado ninguna tentativa para poner en relación uno con otro, y de manera sistemática, los dos elementos, somático y psíquico, de la especie.

Existen naturalistas que describen y clasifican las formas. Otros especializan en los comportamientos. De hecho, la distribución las especies se realizan de manera muy eficiente, por debajo del Hombre, por medio de criterios puramente morfológicos.

Por contrario, a partir del Hombre, aparecen ya dificultades. Toda reina, según notamos, una extremada confusión en lo tocante a significación y a la repartición de los grupos tan variados en que fragmenta, a nuestros ojos, la masa humana: razas, naciones, estados, patrias, culturas, etc. En estas categorías, diversas y móviles, no se quiere percibir, de ordinario, más que unidades heterogéneas: unas, naturales (la raza); otras, artificiales (la nación); cabalgándose de manera irregular en los diferentes planos.

Irregularidad desagradable e inútil, que pronto se desvanece, por poco que se quiera poner en su lugar, tanto el Interior como el Exterior de las Cosas! Desde este punto de vista más comprehensivo, por mixta que pueda parecer, la composición del grupo y de las ramas humanas no es irreductible a las reglas generales de la Biología. Pero, por exageración de una variable que resulta desdeñable en los animales, lo que hace simplemente es que aparezca la trama esencialmente doble de estas leyes, para no decir, por el contrario (si el Soma está tejido por la Psiquis), la unidad fundamental. No excepción, sino generalización. Imposible dudar de ello.

En el mundo convertido en humano, es siempre la ramificación zoológica la que, a pesar de las apariencias y de la complejidad, se prolonga, y opera siguiendo el mismo mecanismo de antes. Sólo a consecuencia de la cantidad de energía interior liberada por la reflexión, la operación tiende entonces a emerger de los órganos materiales para formularse también, o incluso sobre todo, en espíritu. El psiquismo espontáneo no es ya sólo una aureola de lo somático. Se convierte en una parte apreciable, y aun principal, del fenómeno. Y dado que las variaciones del alma son mucho más ricas y matizadas que las alteraciones orgánicas, con frecuencia imperceptibles, que las acompañan, es muy fácil que